María Eugenia Sampallo Barragán es hija de desaparecidos de la dictadura militar argentina. nacAl descubrirlo, en una decisión sin precedentes, se querelló contra el matrimonio que la crio, sus apropiadores. Esta es su historia

Leila Guerriero

No sabe dónde nació. No sabe en qué fecha nació. No sabe cuánto tiempo su madre la tuvo con ella. No sabe qué nombre querían darle. No sabe dónde pasó su madre el último año y medio de vida. No sabe dónde pasó su padre el último año y medio de vida. No sabe si al final sufrieron, no sabe si les dolió, no sabe si fue rápido. Sí sabe en qué situación estaban ambos cuando ella misma empezó a desaparecer. Eso es todo. No hay final. Ni triste ni feliz: no hay final.

***

El primer encuentro es el 16 de septiembre de 2025 en la Cervecería Modelo, un bar y restaurante de la ciudad de La Plata, a 60 kilómetros de Buenos Aires, donde vive desde 2002. Tiene 47 y cumplirá 48 en un momento indeterminado de 2026 (aunque su documento dice que nació el 8 de febrero de 1978, es una fecha escogida más o menos al azar), pero la piel firme conserva una obstinación casi adolescente.

—Parecés mucho más joven.

—Es porque no tengo problemas: no tengo hijos, no tengo marido y no trabajo.

El chiste —expresado con sarcasmo— refleja parte de su vida actual: una parte pequeña de su vida actual.

—¿Cómo te dicen: María Eugenia, Eugenia?

—Mis amigos me dicen Maru.

—Si seguimos adelante, voy a tener que hablar con tus amigos, con tu abogado.

—Ya sé que la gente va a decir cosas que me van a parecer mal, pero está bien.

—No tenés contacto con tu familia biológica…

Corrige suavemente, sin hostilidad:

—Yo quitaría lo de “biológica”. Es mi única familia. No hay otra. Pero no tengo contacto con ellos.

—¿La próxima vez podemos encontrarnos en tu casa?

—Prefiero que no. No me gusta quedarme sola después de hablar de esto.

Fotografías de los padres de María Eugenia, Leonardo Sampallo y Mirta Barragán, en una estantería de la biblioteca de su casa.Víctor R. Caivano
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El 24 de marzo de 1976 los militares tomaron el poder en la Argentina, iniciando una dictadura que terminó en 1983. A lo largo de esos años, miles de ciudadanos —en su mayor parte militantes de agrupaciones de lucha armada, aunque no sólo— fueron secuestrados, torturados y desaparecidos en cientos de centros clandestinos de detención. Algunos de ellos eran mujeres embarazadas que dieron a luz en cautiverio. Muchos de esos niños, unos 300, fueron apropiados por los represores y entregados a familias de militares o de civiles que los criaron como propios, falsificando su identidad, en lo que se conoce como Plan sistemático de apropiación de menores. Desde 1977, la ONG Abuelas de Plaza de Mayo busca a esos niños, hijos de sus hijos e hijas. Han encontrado a 140. María Eugenia Sampallo Barragán fue y no fue una de ellos. En cierta forma, se buscó a sí misma.

—¿Recordás cuántos nietos habían aparecido antes que vos?, ¿qué número te corresponde?

—No, ni idea. En aquel momento no lo supe, ahora menos.

Es la nieta número 71.

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Era el mes de febrero de 2008, verano en Buenos Aires. La causa se había iniciado en 2001 y llegaba el momento del juicio en el Tribunal Oral Federal número 5. Ese año hubo otros procesos importantes, pero ninguno generó tantos titulares como este porque, si bien algunos casos de apropiadores —aquellos que criaban a los hijos de los desaparecidos ocultándoles su procedencia— habían llegado a la justicia, nunca la persona apropiada, la misma víctima, se había constituido en querellante, esto es, en alguien que no sólo denuncia sino que es parte activa del proceso penal acusando a los imputados. Después de un peregrinaje por un mundo de procedimientos burocráticos que hasta poco antes le resultaban ajenos, María Eugenia Sampallo Barragán se presentó como querellante y llevó a juicio a sus apropiadores, Cristina Gómez Pinto y Osvaldo Rivas, y al militar Enrique Berthier, integrante de Inteligencia del Ejército Argentino, que fue quien la entregó a esa pareja. “Es el primer caso en llegar a esta instancia en el que una hija de desaparecidos que recuperó su identidad es querellante”, publicó el periódico Página/12. “María Eugenia Sampallo Barragán es la primera nieta recuperada por las Abuelas de Plaza de Mayo que llega a los tribunales en carácter de querellante contra las personas que actuaron como sus ‘padres’, pero que eran en realidad apropiadores”, publicó Infobae. Otros titulares decían: “Hija robada enjuicia a padres”; “El juicio que una hija hizo al matrimonio que la apropió”. Hija. Padres. Ella, que dormía con un candado en la puerta de su cuarto para que Cristina Gómez Pinto no pudiera entrar. Ella, que, siendo niña, cuando las peleas de ese matrimonio escalaban, corría al departamento de su vecina y aporreaba la puerta gritando: “¡Susto, susto, susto!”.

María Eugenia Sampallo (a la derecha) posa junto a su abuela Azucena Flora de Barragán y su hermano, Gustavo Rojas, en Abasto, Buenos Aires, en 2003.Martín Acosta
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Hay algo que se sabe: las fechas de los secuestros.

El 3 de noviembre de 1976, Blanca y Ana María Barragán fueron secuestradas junto a sus maridos con el fin de sacarles información acerca del paradero de Mirta Barragán, la hermana de ambas. Los cuatro fueron torturados y permanecieron desaparecidos durante 10 días hasta que los liberaron.

Poco más de un año después, el 6 de diciembre de 1977, Mirta Barragán, de 24 años, embarazada de seis meses, obrera de la empresa metalúrgica SIAP de la ciudad de La Plata, miembro del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML, una organización con influencia del maoísmo), delegada de la Unión Obrera Metalúrgica, fue secuestrada en la ciudad de Buenos Aires junto a Gustavo —el hijo que había tenido tres años y medio antes con un hombre llamado Marcos Rojas—, y su pareja de ese momento, Leonardo Sampallo, 23 años, obrero en el Astillero Río Santiago de la localidad de Ensenada, subdelegado de la Sección Calderas y miembro del Partido Comunista Marxista Leninista. El secuestro se produjo en el marco del Operativo Escoba en el que se capturó a la mayoría de los militantes del PCML en todo el país.

“Para mi apropiadora tener una hija era como tener una muñeca. Ponerte zapatitos que me rompían los pies”

Azucena Barragán, madre de Mirta, recibió un anónimo que decía que su hija había sido secuestrada junto a un hombre llamado Edgardo Sampallo o Zampallo (no se sabe porque el anónimo fue destruido) estando embarazada. Poco después, Azucena presentó la denuncia de esa desaparición.

Mientras tanto, Gustavo, el niño, fue trasladado a una comisaría, donde permaneció un mes hasta que fue retirado por su padre, Marcos Rojas. Su madre, Mirta, y su padrastro, Leonardo, seguían un camino incierto pero previsible en los centros clandestinos conocidos como Club Atlético y El Banco: torturas, terror. En algún momento, Mirta fue trasladada a otro sitio, no se sabe cuál, y dio a luz a una niña. Aproximadamente dos meses después, con un certificado de nacimiento falso firmado por el médico militar Julio César Cáceres Monier, el oficial del Ejército Enrique Berthier la entregó al matrimonio formado por Osvaldo Rivas, empleado de la fábrica de galletas Terrabusi, y Cristina Gómez Pinto, ama de casa, habitantes de un edificio del barrio de Constitución, en Buenos Aires. La inscribieron como hija propia con el nombre de María Eugenia Violeta Rivas. Violeta Rivas era una cantante y actriz argentina muy popular, pero no le pusieron Violeta por ella sino por la esposa de Berthier, que llevaba ese nombre.

Mirta Barragán y Leonardo Sampallo continúan de­saparecidos.

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—¡Hola! Me acaloré. Vine caminando desde mi casa.

Es 30 de octubre de 2025, un día demasiado frío para la primavera austral. Las nubes ahogan el cielo y dejan pasar una luz láctea y violenta. El bar de la plaza Malvinas, en La Plata, forma parte del Centro Cultural Malvinas que funciona en el sitio que, hasta 1980, ocupaba el Regimiento 7 de Infantería. María Eugenia Sampallo Barragán tiene el pelo, largo y rizado, atado en una cola, las mejillas arreboladas por la caminata. No lleva maquillaje y el rostro mantiene una nitidez tal que parece recién salido de agua helada. Usa un suéter de cuello alto sin mangas, tejido a mano quizás por ella misma.

—Estoy tomando clases de tejido. Ahora suspendí, porque la lana está muy cara.

Se aboca desde hace tiempo a investigar su árbol genealógico: busca en la web, solicita información a bases de datos como Family Search, de la Iglesia de los Últimos Días. Así llegó a dar con ancestros en Noruega, aunque todavía no ha contactado a ninguno de los descendientes.

—Un parentesco con alguien de aquellas latitudes tendría que ser de la generación de mis bisabuelos, y ahí se abre un panorama que no tengo nada claro.

—Podrías preguntarles a tus tías.

Hace un gesto de ferocidad burlona.

—No.

Cuando llegó al domicilio de Rivas y Gómez Pinto en la calle Luis Sáenz Peña, 1010, segundo piso, no era una recién nacida sino una criatura de aproximadamente dos meses.

—Mi apropiadora no podía quedar embarazada. Este fue el último recurso. Y para tener una hija, hizo un desastre. Acudieron a este amigo de ella, Berthier. Para ella tener una hija era como tener una muñeca. Que te vistas bien, que seas prolija, festejar los cumpleaños, ponerte zapatitos de charol que me rompían los pies.

En el departamento de dos dormitorios, cocina, sala, baño, vivían Osvaldo Rivas; su mujer, Cristina Gómez Pinto, y la madre de Cristina Gómez Pinto, Elba. Un día de 1986, cuando María Eugenia tenía ocho años, se presentó una mujer con el objetivo de revelarle que no era hija de ese matrimonio.

—Era una amiga de mi apropiadora. La llevaron para que me contara, supongo que en el contexto de la presión que sentían por si los denunciaban. Me sentaron con esta señora que me contó la historia de un accidente de autos en el que moría una pareja, sobrevivía un bebé, y el bebé era yo.

A los 10 años, llevaba una existencia clandestina. Pasaba las horas en el departamento de dos de sus vecinas

De todas las tonalidades que incluye su relato —congoja, ironía, humor negro, indignación—, hay una que queda excluida: el registro exaltado. Si quiere remarcar que algo le resulta inadmisible, tensiona las aletas de la nariz y, al terminar la frase, hace un silencio significativo abriendo un poco más los ojos.

—Esta señora era amable, y en el momento me reemocioné, porque me estaba diciendo que yo era protagonista de algo dramático.

Así, de boca de una desconocida amable, supo que había sobrevivido a un accidente en el que todos habían muerto menos ella, elegida por el destino, el azar, la suerte.

—Pero con el tiempo empecé a pedirle a mi apropiadora que me contara más detalles.

Entonces las versiones empezaron a cambiar, generando un pantanal de tramas donde la única certeza era que todas resultaban falsas: un día era hija de una azafata que no podía criarla; el mes siguiente era hija de una empleada doméstica que tampoco; dos meses después, un hombre había escuchado llorar a un bebé en la puerta del Hospital Militar y ese bebé abandonado era ella. De milagrosa superviviente de un drama a variaciones de “nadie quería quedarse con vos”.

—Versiones enloquecedoras. Mi pregunta era: ¿por qué todas estas versiones no tienen nada que ver una con la otra? Y mi conclusión es que el único objetivo que tenían era lastimarme. Dejarme completamente sin herramientas para enfrentar esa manipulación. El maltrato está metido en el minuto cero de esta relación. Estas personas juegan a la mamá y el papá robando al hijo de otra persona.

María Eugenia muestra algunas fotografías de su infancia.Víctor R. Caivano

Nada era tan hostil mientras vivía Elba, la madre de Cristina Gómez Pinto, pero al morir ella los enfrentamientos patearon el corral como yeguas de la noche.

—Las peleas entre ellos crecieron. Gritos, reproches, portazos. La que más gritaba era mi apropiadora. Mi apropiador se iba, y toda la frustración ella se la desquitaba conmigo. Yo sentía que estaba en la historia equivocada. ¿Por qué tengo que escuchar los gritos de esta señora que no es mi mamá?

Las discusiones eran diarias, titánicas: Cristina Gómez Pinto le gritaba que era desagradecida, que si no fuera por ella estaría tirada en una zanja, que había vendido las joyas de la madre por su culpa.

—Ella estaba siempre muy al límite de los nervios. Decía que yo no me peinaba, que tenía un aspecto descuidado. A veces me quería pegar, pero yo salía corriendo y me iba a la casa de una vecina. Era muy contradictorio explicar mi relación con esta gente. Iba a lo de una amiguita, me quedaba a dormir, me preguntaban: “¿Tu mamá te da permiso?”. Yo tenía un subtitulado interno que decía: “No es mi mamá”. Era muy difícil explicarlo, no era: “Me llevo mal con mi mamá”. Porque no era mi mamá, y no es que me llevara mal, es que me estaba torturando.

Rivas y Gómez Pinto se separaron cuando María Eugenia tenía nueve años. Él había iniciado una relación con una amiga de Gómez Pinto y se fue a vivir con ella.

—Mi apropiadora tenía una relación con un vecino, Coco, eran amantes. Un puterío. Se iba los viernes a bailar y volvía el sábado. Al principio me dejaba en la casa de cualquier persona, me revoleaba por ahí, hasta que logré que me dejara sola. Yo era la persona seria, ubicada, todo lo contrario de lo que era ella. No quería tener nada que ver con esta gente, me hacían pasar vergüenza en todas partes.

“Maru tenía un nivel de inteligencia superior. Estaba muy sola, se cuidaba a sí misma”, cuenta una amiga

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El 2 de abril de 1982, todavía en dictadura, tropas argentinas desembarcaron en las islas Malvinas y comenzó así una guerra contra el Reino Unido. El sábado 8 de mayo se emitió por ATC, la televisión pública, un programa que duró hasta el día siguiente: Las 24 horas de las Malvinas. Conducido por dos presentadores populares, Pinky y Cacho Fontana, miles de personas, entre ciudadanos comunes y famosos, donaron dinero, autos, joyas con el fin de recaudar fondos para los combatientes. En un momento del programa, Diego Maradona se retira después de hacer su donación y aparece en pantalla una niña de cuatro años que mira a Pinky sosteniendo algo en las manos. Detrás, una mujer de edad mediana empuja a la niña hacia la conductora que, agachándose, recibe lo que la niña le da: una estola de visón. “Esta pequeñita”, dice Pinky, la voz inflamada por los esteroides del patriotismo, “me trae un recuerdo de su abuela”. Se reincorpora y, dirigiéndose a la mujer de edad mediana, dice: “Gracias, querida”. No parece dispuesta a darle un beso, pero la mujer no le deja opción: la atrae hacia ella y le da un beso incómodamente efusivo en la mejilla, con una emoción que semeja la puesta en escena de un drama impostado. Pinky vuelve a agacharse, le da un beso a la niña y le dice: “Gracias, mi amor”. La niña es María Eugenia. La mujer de edad mediana es Cristina Gómez Pinto. La estola es de la madre de Gómez Pinto, que jamás fue la abuela de “esta pequeñita”.

Un álbum con una carta y fotos de su madre, Mirta Barragán.Víctor R. Caivano
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A los 10 años, llevaba una existencia clandestina. Era excelente alumna, inteligente, correcta, pero con Gómez Pinto se comportaba como un agente secreto. No le decía “mamá”, ni la llamaba por su nombre. No le contaba lo que sucedía en el colegio, ni en casa de sus amigas, ni durante las horas que pasaba en el departamento de su vecina de enfrente, Elfriede Ghibaudi —que vivía con su hija Liliana, una mujer ya adulta—, o en el de su vecina del primer piso, Olga González. En esos sitios jugaba a las cartas, hacía la tarea, leía, comía, se duchaba, pero no eran espacios de alivio sino escondites.

—Me imagino la desesperación que tendría, porque realmente no sabía con quién estaba viviendo. Yo me cuestionaba: ¿para qué cuernos me trajeron acá, si este otro se fue, si esta está ocupada con sus novios y sus bailes? Yo terminaba siendo una molestia.

En marzo de 1989, cuando tenía 11 años, tocaron el timbre del departamento donde vivía y Gómez Pinto, electrizada, la mandó a casa de una vecina: “No salgas de ahí hasta que no se vayan”.

—Yo entendía a medias lo que estaba pasando. Cristina se quedó con los pelos de punta y puteando a las personas que habían venido. Poco tiempo después, me llevó a sacar sangre al Hospital Durand.

Quienes habían tocado el timbre eran miembros de Abuelas de Plaza de Mayo. Alguien —supo años después que había sido un primo de su vecina Liliana Ghibaudi— había hecho una denuncia anónima en esa institución, advirtiendo que era probable que allí viviera una hija de desaparecidos.

—Me llevaron al hospital en el auto de Coco. Tuvimos que caminar dos cuadras hasta el auto de este tipo para que no nos viera la mujer, una telenovela asquerosa.

De ese episodio no le quedó más trauma que un ayuno desagradable, coronado por un vale gratuito para tomar café con leche y comer medialunas después de la extracción, pero cuando termina de contarlo hace una pausa abrupta. Es el ahogo indignado de quien se siente traicionada por sí misma, desbancada de su entereza aristocrática para resbalar en la congoja plebeya.

—Es que…

La voz sale con dificultad, entre estertores.

—Tengo… bronca.

—¿En general?

—No. Son broncas… muy específicas… Por eso es… muy difícil.

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He aquí el origen del rencor primal: los Barragán —­la familia materna— denunciaron la desaparición de Mirta, presentaron habeas corpus, se contactaron con Abuelas de Plaza de Mayo porque sabían que había un nieto o nieta, dejaron muestras de sangre en el Banco Nacional de Datos Genéticos para, en el futuro, hacer el intento de identificar el vínculo biológico con ese niño o niña. Los Sampallo —la familia paterna— nunca denunciaron la desaparición de Leonardo y, por tanto, nunca acudieron al Banco Nacional de Datos Genéticos para dejar una muestra de sangre.

Ambas familias, habitantes de la periferia de La Plata, unos en Abasto, otros en Aeropuerto, dos localidades separadas por 24 kilómetros, ignoraban la existencia de la otra: para los Barragán, el muchacho al que habían entrevisto alguna vez con Mirta era un desconocido sin nombre; para los Sampallo, la chica que había ido con Leonardo a visitarlos era una desconocida sin nombre. En esos años, la técnica de ADN no permitía obtener un resultado definitivo si no existían muestras de ambos lados, materno y paterno. Puesto que no había muestras del lado paterno, el test no arrojó ningún resultado. Pero durante muchos años, ella interpretó que el resultado había sido negativo. Creyó que le habían dicho: “No”, cuando en realidad le habían dicho: “No sabemos”.

Todos sus amigos viven lejos. Con todos implementó, en algún momento, periodos de mutismo sin explicaciones

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—Al no hacer… la denuncia… de la desaparición…, al no estar la sangre de mi familia paterna en el Banco Nacional de Datos Genéticos…, no se pudo… establecer…

La denuncia que no se realizó revive la idea de que los años en los que ella no hacía más que desaparecer —partida de nacimiento falsa, nombre falso, documento falso, historias falsas— pudieron ser menos; de que los años libres de humillaciones y mentiras pudieron ser más.

—Si hubiera estado la muestra de ellos, yo hubiera podido saber quiénes eran mis padres en 1989. Once años antes del momento en que lo supe. Por eso mi bronca es totalmente dirigida. Mi familia materna denunció la desaparición de mi mamá, denunciaron que la habían secuestrado embarazada. Mi familia paterna no. Esa actitud no la entiendo y no me gusta. Ellos habrán tenido sus razones, pero eso tuvo consecuencias en mi vida.

La cotidianeidad ya era mala en aquel lugar donde le gritaban “¡burra!”, donde empezó a preparar su propia comida para no compartir la mesa, y entonces se mudó al departamento una exempleada de Gómez Pinto, Luisa, con su pareja y un hijo.

—Mi apropiadora decía que Luisa era su hermana, pero era una chica que había trabajado en su casa como empleada doméstica. Mi apropiadora vivía en una telenovela, se imaginaba que tenía una hija, se imaginaba que tenía una hermana. De pronto éramos cinco y yo tenía que dormir en el cuarto de mi apropiadora, con ella.

El baño estaba siempre ocupado, la casa repleta de gente. La economía doméstica, ya que Rivas no les pasaba dinero, se hundía vertiginosamente y el departamento empezaba a deteriorarse. Ella esperaba con ansias el momento en que todos salían, generalmente los sábados, y entonces preparaba comida, se sentaba ante el televisor y veía Función privada, un programa que emitía películas clásicas.

—Un día, en medio de una discusión, me fui. Tomé un taxi y aparecí en la casa de mi apropiador diciéndole: “Me quiero quedar a vivir acá”.

Tenía 11 años. No recuerda cómo llegaron sus cosas —ropa, libros— al lugar donde Rivas vivía con su pareja y las dos hijas de ella, pero sí que quedaron dentro de bolsas de residuos y que nadie las sacó de allí. No se sentía cómoda ni bienvenida. Pasaba los fines de semana en casa de unas tías de Rivas. Seis meses más tarde, su vecina Liliana Ghibaudi la llamó a esa casa diciéndole que quería llevarla a Funes, una ciudad cercana a Rosario donde Ghibaudi se había mudado.

—Le dije: “No puedo, tengo 11 años, tengo que avisar”. Me dijo: “No, venite al departamento de Cristina”.

Fue, y encontró que sus cosas, dentro de las bolsas de residuos, estaban allí, gritando un mensaje claro: “Yo no la quiero, yo tampoco”.

—Mi apropiador le mandó mis cosas a mi apropiadora, diciendo: “No la quiero más acá”, y mi apropiadora tampoco quería que yo estuviera ahí. En ese revoleo, saltó Liliana y dijo: “Me la llevo a Funes y ustedes decidan lo que van a hacer”.

Once años y ninguna opción: sin dinero, sin parientes a quienes pedir ayuda. Fue por un tiempo a Funes y, al regresar a Buenos Aires, hizo lo único que podía hacer: volvió al departamento de Gómez Pinto.

—Después de eso, a mi apropiador no lo vi durante años. Un día me estaba bañando y casi me muero por una pérdida de monóxido de carbono del calefón. Mi apropiadora lo llamó a él para que llamara a una ambulancia. Vino la ambulancia y él no apareció nunca.

Alicia Lo Giúdice, psicoanalista. Trabaja con las Abuelas de Plaza de Mayo y fue la analista de María Eugenia.Víctor R. Caivano
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Carolina Rímini vive en Rosario y atiende la llamada desde la librería Mandrake, una cooperativa de la que forma parte. Vivió en Funes toda su infancia, y dice que lo que más recuerda de ese periodo son “los veranos con Maru”.

—Nos metíamos en la pileta y leíamos mucho. Hacíamos algo que yo sólo hacía con ella: leernos en voz alta. Yo leía un capítulo, ella otro. Yo no entendía nada, pero Maru seguro que sí. Ella siempre fue brillante. Leíamos a Dostoievski, a Chéjov, a Ray Bradbury. Ella hablaba conmigo del maltrato en la casa, de las versiones que le daban, de las situaciones horribles con Cristina y Osvaldo. Eran dos brujos. Una vez fui a la casa en Buenos Aires, y Maru se había armado una habitación en el lavadero. Había que entrar de manera sigilosa para que Cristina no se enterara. Ella estaba boyando desde muy chiquita. Era muy abierta hablando de lo que le pasaba, pero con sarcasmo y humor negro. Durante el invierno, cuando no nos veíamos, nos escribíamos cartas. En las cartas también hablábamos de Enrique.

—De Berthier.

—Sí. Enrique era un personaje que pululaba sin saber qué cuernos tenía que ver. Mis padres estaban convencidos de que era hija de desaparecidos, pero nadie quería presionarla. Después hubo una época en la que no nos vimos. Ahora retomamos el contacto y hacemos videollamadas cada 15 días.

—¿La ves bien?

—No sé, es difícil. A veces me preocupa no tener contacto con nadie más de su círculo. No tengo manera de saber si está bien, si en algún momento no lo estuviera.

—¿No tenés ningún contacto con sus otros amigos?

—No.

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Al terminar el colegio primario postuló a una beca que se otorgaba a los mejores promedios, una asignación para invertir en material de estudio, y la ganó. La primera vez que fue a cobrarla, Gómez Pinto se quedó con el dinero. Desde ese momento, le pidió a su vecina Olga González que guardara esa plata con la que siguió construyendo planes de escape.

—Compraba cosas que me gustaban, aceite de oliva, arroz integral, y las guardaba bajo llave para que no me lo usaran. En diciembre, cuando terminaba el colegio, con esa plata me compraba un pasaje para ir a Funes, a casa de Liliana Ghibaudi, y me quedaba tres meses. Durante ese tiempo, mi apropiadora no sabía nada de mí. Yo no la llamaba. Lo que hacía era sentarme a leer, pero si hubiera estado tirada en una zanja drogándome hubiera sido igual.

En Buenos Aires mantenía un mecanismo implacable para estar ausente: pasaba la mañana en el colegio, luego iba a la casa de alguna compañera y, como había empezado a estudiar alemán en el Instituto Goethe, se quedaba en la cinemateca de esa institución viendo películas o iba a las librerías de la avenida Corrientes.

Hay dos visitas puntuales de Enrique Berthier que recuerda. Una de 1992: él tocó el timbre, pero Gómez Pinto no estaba y ella le dijo que se fuera. La otra fue en 1994. Berthier se quedó un rato conversando con Gómez Pinto y, cuando se iba, María Eugenia se impuso para bajar a abrirle.

—A esa altura yo ya sabía que él tenía algo que ver. Bajamos al palier, le pregunté qué sabía de mi origen. Creo que dijo que lo habían llamado del Hospital Militar, que le habían dicho que había una bebé abandonada, y que como sabía que Cristina estaba buscando un hijo, la llamó. Se ponía como nexo, pero como que no había tenido nada que ver. Me preguntó si yo estaba mal en ese lugar, me dijo que me podía ayudar económicamente, alquilarme un departamento, que cuando yo tuviera 21 años me iba a ayudar a averiguar mis orígenes. Lo dejé ahí, porque ya se iba para cualquier lado. Unos días después, mi apropiadora me dijo que, si quería, podía ir a visitar a Enrique, y obviamente no fui.

Tomás Ojea Quintana, abogado de María Eugenia, sostiene una fotografía en la que se la ve a ella y, a su lado, a él sosteniendo una imagen de Leonardo Sampallo.Víctor R. Caivano

Se solventa con una pensión de menos de 600.000 pesos por mes, unos 350 euros, que el Estado otorga a las víctimas de la dictadura. Si va al cine, si compra un libro, corre el riesgo de no poder pagar la luz o el gas. Los días transcurren idénticos en una vida en la que, asegura, no se aburre (durante el confinamiento por la pandemia, le costó entender por qué la gente se sentía afectada ya que para ella no significó una alteración de la rutina): se levanta, le da de comer a la gata —Glauce—, desayuna, investiga sobre sus ancestros, almuerza, lee, investiga, toma la merienda, va al gimnasio —el único gasto extra que se permite—, cena, mira alguna serie (pirateada o en plataformas gratuitas).

La plaza está repleta de niños, de perros con sus dueños. La sacra indolencia de la vida común. Mientras se pone el abrigo y se levanta dice:

—No sé por qué lloro, la verdad. Me da mucha bronca emocionarme tanto. Es como si hubiera otra persona que me está jugando una mala pasada. Siento que quiero decir algo y de pronto surge un borbotón de emoción y digo: ¡otra vez!

—¿Te quedás mal?

—No me quedo mal. Pero me pone mal ponerme así.

***

Mariana Sanguiliano tiene el pelo muy lacio, anteojos de marco blanco y un suéter celeste que contagia a la atmósfera un aura de calidez. Es noviembre y en Estocolmo, donde vive con su marido y dos hijos, todavía no hace demasiado frío, apenas unos grados bajo cero. Es psicóloga y trabaja en el servicio social de la comuna como terapeuta familiar.

—Estamos acá hace 17 años.

Su relación con María Eugenia comenzó en el colegio secundario.

—Éramos cuatro muy unidas: Maru, Lu, Cecilia y yo. La pasábamos muy bien. Estaba el grupito de las divinas, el grupito de los que hacían quilombo y nosotras éramos medio un híbrido. Maru tenía un nivel de inteligencia superior. A mí me parecía que nadie podía estar a su altura. Nos hacía descostillar de risa cuando contaba las situaciones en esa casa. Cristina se quedaba dormida con un pucho en la boca, o se abría una puerta y aparecía un tipo borrachísimo. Estaba muy sola, se cuidaba a sí misma. Hay cosas que hoy me dan vergüenza. Yo le decía: “Te tenés que poner el pelo como tal personaje de la tele”. Me pregunto ahora qué pensaría Maru cuando yo le decía eso. Era enorme el contraste entre la gravedad de su vida y lo que yo le decía. Terminamos la escuela en 1995. Seguimos en contacto un par de años, nos dejamos de ver, y en 2004 retomamos. Ahí ella ya sabía quiénes eran sus padres. Me contó toda su historia en un bar. Al final me dijo: “De esto hay que hacer un musical, no hay otra manera de contarlo”. Y yo pensé: esta piba es una genia. Me contaba todo con mucha entereza, con humor. No era: “Estos hijos de puta”, sino: “Esto está bien, esto está mal, y lo que está mal está remal”. Pero no había enojo, no había odio.

—¿La ves bien ahora?

—No sé. Pero tampoco le he preguntado. Aunque no puedo evitar hacerme la pregunta. ¿Qué le pasa? Esto de no poder hacer algo más allá de estar en su casa leyendo un libro. Pero no sé si es una pregunta que ella se hace. No siento la libertad de preguntar. No quiero hacer nada que genere que ella rompa la relación. Pero ¿por qué no usar todos esos recursos que tiene para formarse? Yo me imaginaba que iba a estudiar Filosofía, Letras, que se iba a convertir en una nerd de Nietzsche.

—Estudió Letras.

—¿Pero terminó?

—No, abandonó. Le faltan seis materias para recibirse.

“Nos presentaron. Ella es tu abuela, tu hermano, tus tías, cerraron la puerta y nos dejaron ahí”

***

Su amiga Carolina Rímini vive en Rosario, a 360 kilómetros de La Plata.

Su amiga Mariana Sanguiliano vive en Estocolmo, a 12.500 kilómetros de La Plata.

Sus amigos Ivana Roitberg y Guillermo Roldán, que son pareja, viven en Puerto Madryn, una ciudad de la Patagonia, a 1.300 kilómetros de La Plata.

No tiene relación habitual con nadie más. Con todos hace videollamadas semanales o quincenales. Con todos implementó, en algún momento, periodos de mutismo sin explicaciones.

—Durante años no me habló —dice Carolina Rímini—. Creo que porque llegué tarde en colectivo a La Plata, ella no estaba en la estación, le escribí, me contestó que me había esperado. Un desencuentro, una cosa que tampoco me quedó muy clara. Me dejó en pausa un rato largo. Puede ser muy tajante.

—En el año 2000 ella desaparece —dice Mariana Sanguiliano—. Estuvo años sin dar noticias. Como que nosotras quedamos en el lado oscuro de la vida y ella necesitó decir: “Hasta acá”.

—Después del juicio ella se borró unos cuantos años —dice Guillermo Roldán—. No contestaba mensajes, no llamaba. Yo me enojé. Pero nunca le pregunté por qué había hecho eso.

***

A las 14.40 el 7 de noviembre está en la puerta del bar de la plaza Malvinas, amparada de la lluvia debajo de un toldo.

—Me mandaste la ubicación en tiempo real —dice.

—Había mucho tránsito y me atrasé un poco. Quería que vieras por dónde andaba.

—Me pone muy ansiosa. Te espero lo que haga falta, pero no me mandes la ubicación.

El bar padece una vibrante inflamación acústica: gritos, risas, ruido de vajilla. Las puertas permanecen abiertas y la lluvia le sube el volumen a todo, incluso a cierto aspecto de desamparo general.

No se hizo controles de salud durante años, pero desde la pandemia realiza chequeos de rutina. Utiliza para eso un sistema del Gobierno de la provincia de Buenos Aires, IOMA, que da cobertura a empleados públicos, docentes, policías y jubilados. Su gata no tiene problemas de salud pero, si los tuviera, no podría hacerles frente.

—Al principio iba al veterinario y gasté una fortuna. Pero ahora ya no más. Dije: el que se enferma, pierde.

Tuvo otros gatos: AteneaMelas —que murieron— y Pepito, que se quedó con Pichi, una expareja.

—A Pichi lo conocí en el ámbito de Abuelas. Él se dedicaba a programación y mantenimiento de sistemas. También buscaba a una hermana. Empezamos a salir en 2010. Salimos cinco años. Ahora no sé qué hace.

—Después de Pichi no tuviste otra pareja estable.

—No. Igual el tema de la pareja para mí es secundario. Nunca me preocupó. Me molestaba esa cosa de: “Pero ¿cómo no estás en pareja, una chica tan linda?”, o “Ay, ¿no querés ser mamá?”. Bueno, ya está, pasaron los años, hay cosas que ya ni se cuestionan.

Habla inglés, francés, alemán. Algo de chino. Estudió Letras durante siete años. Sus trabajos para la Facultad sobre literatura alemana, sobre Séneca, muestran una mente segura y capaz de hacer planteos incómodos. Después del juicio, todo se detuvo: el estudio, los idiomas. Como si el juicio hubiera sido el cierre de un capítulo sin que se sepa bien cuál es o dónde empieza el siguiente.

—Es que me revientan las expectativas. A pesar de que sé que tengo capacidades para algunas cosas, me cuesta estar en el escalón superior. La filosofía de la chiflada de mi apropiadora era: “Tenés que ser mejor, tenés que destacarte”. Entonces, le echo la culpa a ella, porque tenía esa cosa de lucirse a través de mí. “Mirá que linda es, qué inteligente”. La exposición, destacarme, todo eso me pone mal.

A sus 17 años terminó el secundario y se fue a Funes, convencida de que se quedaría a vivir allí. La ilusión no duró mucho.

—En ese momento, Liliana Ghibaudi era secretaria del secretario de Salud y me ofreció trabajo en el dispensario. Había que ver qué medicamentos estaban vencidos y cuáles no. Era como separar lentejas de arroz. Hice eso durante los tres meses del verano. Liliana era muy controladora y el tema guita era un desastre. De los tres meses de trabajo no vi un solo peso. Dije: ni loca me quedo a vivir acá. En marzo me fui y no volví más.

De regreso en la capital, consiguió trabajo como data entry en un estudio de abogados (“eran planillas y planillas de números que tenías que volcar en la computadora, calcular y controlar que los cálculos estuvieran bien hechos. Me sentía morir todos los días, pero era una manera de tener algo de plata”), y se fue para siempre de la casa de Gómez Pinto.

—Las discusiones con Cristina eran de lo más absurdas y violentas. Yo no sabía cómo hacer para no entrar en una espiral de locura y de gritos y para no sentir que… que yo reaccionaba igual que ella. Las cosas que me decía eran muy hirientes. Cuando veía que no generaba ninguna reacción, seguía buscando y buscando. Me decía que era una desprolija, que por qué no tenía novio. Como yo les caía bien a los demás, su teoría era que yo tenía dos personalidades y que les iba a contar a los demás cómo era yo verdaderamente. Y un día, en medio de una pelea, me fui.

No hay un patrón, pero podría pensarse que es este: cada vez que empieza a contar algo cuya oscuridad es enorme pero que se sostiene en hechos que alguien podría evaluar como de poca importancia, cada vez que entiende que el daño que describe podría ser interpretado como una exageración, sucede: pausas de 20 segundos que son el preludio del ahogo.

—Yo había cambiado el… horario de trabajo en el estudio de abogados. Antes iba a la tarde, y lo cambié para entrar a las 7.30. Y lo que empezó a hacer… ella… era algo… cercano a… a la tortura, y era… no dejarme dormir. Yo dormía con… un candado… en la puerta. Y ella empezaba a gritar y a golpearme la puerta a las cinco de la madrugada. Un día volví de trabajar, empezamos a discutir y me dijo: “Le voy a decir a Olga”, la vecina. Porque hacía participar a todos en el quilombo. Entonces abrió la puerta, la dejó abierta y dije: me voy a la mierda. Y me fui. Cuando estaba a una cuadra pensé: ¿adónde voy? Fui a lo de unas amigas, les pregunté si me podía quedar. Volví un tiempo después a la casa de mi apropiadora a buscar fotos en las que estuviera yo sola, sin ellos, y le pregunté otra vez por mi origen. Me dijo que, si estaba tan interesada en averiguar, que fuera a Gente que busca gente, el programa de televisión. Dejé las llaves, me fui y no volví más.

Estuvo en casa de sus amigas hasta que su vecina Olga González le alquiló un departamento que había heredado en Barrio Norte.

—Cristina no sabía que yo le alquilaba a Olga. Creo que ni sabía dónde me había ido a vivir.

Poco después se inscribió en la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires y en 1999, al cumplir 21 años, llamó a Gómez Pinto para decirle que ya era mayor de edad, que no necesitaba su aprobación ni su firma en ninguna circunstancia.

—Fue la última vez que hablé con ella. Le pareció de muy mal gusto que la llamara para decirle eso.

Trabajaba, estudiaba, avanzaba de modo brillante en la carrera. Todos los lunes iban amigos a su casa para tomar cerveza y ver Todo por dos pesos, un programa de humor que era de culto. Se había hecho a la idea de vivir para siempre sin conocer la versión definitiva de su origen.

—Un día mi apropiador apareció en mi trabajo. Fuimos a tomar un café. Manejaba un taxi. Me pidió plata. Cuando terminó de contarme todos sus problemas le dije: “No te voy a dar un solo peso, ni hoy ni nunca, porque vos fuiste una mierda de persona. Cuando necesité ayuda, no me ayudaste. No me interesa lo que te pase”.

—¿No lo viste más?

—No. Cuando lo vi en el juicio no lo reconocí. Pero jamás me imaginé hacerles juicio. Pensaba que, a través de algún mecanismo judicial, a lo mejor los podían presionar para que dieran algún dato de mi origen. Del tema genético yo no estaba para nada al tanto. En mi cabeza había quedado la idea de que las Abuelas me habían buscado y que el resultado del ADN había sido negativo.

Y poco después se abrió la caja de Pandora.

“De mis padres sé cosas, pero no muchísimas. Igual lo que importa es lo que uno piensa, más allá de lo que te digan”

***

Guillermo Roldán estudió Derecho pero ahora se dedica a la música, a dar clases y tocar. Vive en Puerto Madryn desde hace cuatro años con su pareja, Ivana Roitberg, una artista plástica que a su vez conoció a María Eugenia en el curso de ingreso a la Facultad (la describe como “una chica hermosa que estaba hiperconcentrada en una clase de Lingüística, y era atractiva como un imán”). En el año 2000, Guillermo Roldán, que por entonces vivía en Buenos Aires, ejecutó un movimiento que fue el detonante de todo lo demás: le hizo una consulta a un desconocido.

—Yo sabía de la inquietud de Maru sobre su origen. Por esa época trabajaba en un juzgado como meritorio. Un meritorio es nadie, un pinche. Un día veo a uno de los abogados que venía cada tanto. Yo sabía que era muy pragmático, pero no lo conocía. Se me dio por acercarme y decirle: “Tengo una amiga que está dudando de esto”. Me dijo: “Pasale mi número”. Le debo haber caído bien: el meritorio, pibe simpático.

Guillermo Roldán le pasó el numero a María Eugenia y ella llamó. La atendió Andrés Beccar Varela.

***

—Me acuerdo que cuando vino al estudio estaba con muchas inquietudes —dice Andrés Beccar Varela—. Todo el relato era coincidente con la probabilidad de que fuera hija de desaparecidos. Me contó que no tenía una buena relación con quienes eran sus apropiadores, aunque todavía no los llamábamos así porque no sabíamos. Le dije: “Mirá, esto se podría averiguar, se podría pedir otro ADN para confirmar o descartar, la técnica de ahora cambió y permite hacerlo”. Y me acuerdo perfectamente que le dije: “Tené muy en cuenta que si el ADN sale positivo con las muestras que hay en el Banco de Datos Genéticos, esto va a derivar en una causa penal y esas dos personas pueden ir presas”. Y creo que ella me dijo: “A mí lo que me importa es la verdad, y si esto es consecuencia de la verdad quiero seguir adelante”. Bueno, yo la encaucé de ese modo y ella, con gran determinación, fue para adelante.

Manuel Gonçalves Granada, ante la que fue sede de la Esma y uno de los centros clandestinos de detención de la dictadura.Víctor R. Caivano
***

—Yo no tenía un plan. A mí me decían: “Llamá”, y yo llamaba.

Al sonreír, la voz aguda se torna más grave y se ralentiza, como si quisiera alcanzar con las palabras la precisión absoluta de lo que ha pensado a lo largo de años.

—Cuando fui a ver a Andrés, yo sabía que lo mío no era una adopción, tenía claro que había un militar dando vueltas, pero decía: “En 1989 quedó descartado que fuera hija de desaparecidos”. Yo pensaba que mis padres podían ser… cualquier persona en el universo. Ser hija de desaparecidos era una opción que había quedado descartada. Y Andrés me explicó que la técnica del ADN había cambiado, además de que podían haber aparecido otros familiares que en aquel momento no estaban, y me acompañó a la Conadi.

La Conadi es la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad, donde se inician estas investigaciones. ¿Con qué disposición de ánimo concurre una persona a iniciar un trámite que puede cambiar su vida? Quizás, en su caso, con ninguna en especial, puesto que las distintas versiones sobre sus orígenes se habían comportado como sierras, carcomiendo toda expectativa. Su médula estaba hecha de historias inventadas, era porosa, poco firme, y todo lo que la aproximara a una calcificación debía intentarse, pero no esperaba ningún dato revelador, ninguna epifanía. No tiene recuerdos del día del año 2000 en que fue a la Conadi, pero sabe que se abrió un expediente y se solicitó un turno para que dejara una muestra de sangre en el Banco Nacional de Datos Genéticos.

—Fui, di la muestra. En la Conadi me dijeron: “Llamá para saber si hay novedades”. Llamaba todos los meses. Pasó un año. En 2001 dije: “Voy a ocupar mi mente en otras cosas, en el estudio”. En julio estaba pensando en los exámenes finales de la Facultad y me llaman de la Conadi para decirme que pasara, justo el día en que me iba a inscribir en los exámenes. Fue sorpresivo y molesto, así que fui como diciendo: rapidito que me quiero ir a inscribir. Pensé que era para completar algún dato. Pero no.

La recibió Claudia Carlotto, hija de Estela de Carlotto, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, que dirigía por entonces la Conadi.

—Me entregó una carpetita y, sin preámbulo, me dijo: “Tomá, leelo”. O eso es lo que yo recuerdo. Era el papel que daba el porcentaje del vínculo.

En ese momento, la técnica de ADN mitocondrial ya permitía obtener un resultado comparando la muestra de sangre con una sola rama del parentesco. El porcentaje del vínculo con la muestra de sangre de su familia materna era altísimo: 99,99%.

—Me mostró los libros históricos de Abuelas, donde está la fotito de la persona desaparecida y un breve relato de los hechos. Y era la foto de mi mamá, el caso de mi mamá. Me dijeron que tenía abuela, tías, un medio hermano. Me preguntaron si los quería conocer. Les dije: “Sí, no hay ningún problema”. Me dijeron que Abuelas podía ofrecerme un lugar para ese encuentro. Salí shockeada. Después, alguien de Abuelas me llamó y me preguntó: “¿Te parece bien el viernes?”.

La sede de Abuelas de Plaza de Mayo en Buenos Aires está en el cuarto piso de un edificio sobre la avenida Corrientes, frente al antiguo mercado del Abasto ahora convertido en un mall. Es una zona popular, de inmigración peruana, con restaurantes que ofrecen ceviche y arroz chaufa. Allí, un día de julio de 2001, en el despacho de Estela de Carlotto, María Eugenia conoció a su abuela Azucena, madre de su madre; a sus tías Blanca y Ana María, hermanas de su madre; y a Gustavo Rojas, su hermano.

—Fui con dos amigas. Nos presentaron. Ella es tu abuela, tu hermano, tus tías, cerraron la puerta y nos dejaron ahí. Y empezamos a conversar. La verdad es que no me acuerdo de nada. Me llamaba la atención mi hermano, que estaba sentado en un rincón, en la oscuridad, y no hablaba.

Le pareció reconocer el funcionamiento interno de una familia: diálogos que se replican a lo largo de décadas, sobreentendidos, chistes. No hay, en su relato, nada que remita a la emoción o la euforia. La invitaron a ir el sábado a un asado en casa de su abuela, y fue.

“Mis apropiadores no eran personas especialmente diabólicas. Lo hicieron mal y no trataron de enmendarlo”

***

La pantalla de la computadora muestra una estructura de chapa, plantas, un momento de calor intenso, insectos que él aparta con las manos.

—Tenemos un vivero con mi señora. Siempre me dediqué a parques y jardines.

Gustavo Rojas tiene 52 años y vive en la misma casa en la que vivió con su padre, Marcos Rojas, y su abuela paterna, María, en Gonet, en las afueras de La Plata. En marzo de 1976, los militares llegaron a esa casa y secuestraron a su padre, que primero estuvo desaparecido y luego pasó a ser preso político, una figura que implica que se conoce el sitio donde se encuentra el detenido. En ese momento, Mirta Barragán, que ya estaba separada de Marcos Rojas, se lo llevó a vivir con ella y su pareja, Leonardo Sampallo, a Buenos Aires.

—Vivíamos en un departamento junto a otra pareja de amigos de ellos, que a su vez tenían dos chicos más.

La noche del 6 de diciembre de 1977, Gustavo se despertó y vio el cuarto repleto de militares.

—Estaban revolviendo todo. Los tenían a los cuatro contra la pared, a Mirta, a Leonardo y a la pareja de amigos. A mí me llevaron a una comisaría en la calle Viamonte. Estuve como un mes ahí. Jugaba, revisaba los cajones. Mi viejo ya no estaba preso, y le llegó un anónimo diciendo que yo estaba en esa comisaría, que si no se apuraba no me volvía a ver. Así que fue con papeles y unas fotos donde aparecíamos juntos, y gracias a unas fotos estoy acá. Cuando apareció Eugenia me quedé medio… porque en un momento se decía que mi mamá había tenido un varón, y no era un varón al final. A mi viejo le cayó como un baldazo de agua fría porque la veía muy parecida a mi vieja. Cuando nos avisaron fuimos con mi tía Blanca a darle la noticia a mi abuela Azucena, la madre de mi mamá. Y después fuimos a la sede de Abuelas, en Buenos Aires, y la conocimos. Ella estaba con dos amigas, entonces preguntábamos cuál de las tres era ella, porque no sabíamos.

***

—En el asado estaban mi abuela, mis tías, Gustavo, el padre de Gustavo. Me dio mucha impresión ese hombre. Estaba como petrificado. Me miraba fijo. Era horrible. Cada vez que lo veía era como que se quedaba viendo a un fantasma. No me hablaba. Un tipo supercallado, alcohólico. Se murió de cáncer un año después. No sé qué habrá pensado al verme a mí, la hija de otro con mi mamá. Durante todos esos años les había prohibido a mi abuela y a mis tías que le hablaran a Gustavo de mi mamá, les hizo sacar todas las fotos de ella. No sé, Gustavo dice que mi papá le pegaba, pero vivía encerrado en esa casa con el padre y la abuela paterna, que me parecían supertóxicos.

Mientras ella empezaba a conocer a su familia materna, el engranaje judicial se ponía en marcha. Cristina Gómez Pinto fue detenida en su domicilio. Osvaldo Rivas, mientras conducía un taxi. El militar Enrique Berthier, cuando atravesaba un peaje. Pero la incógnita permanecía: ¿quién era el padre de María Eugenia Barragán? No había ningún desaparecido cuyo nombre fuera Edgardo Sampallo. O Zampallo.

—Es que buscaban a Edgardo Sampallo, no a Leonardo Sampallo.

—Claro. Eso agregaba dificultad.

—Una dificultad que, si investigás bien, dura dos segundos. Al final los encontramos por Remo Carlotto.

Remo Carlotto, hijo de Estela de Carlotto, estaba en la Conadi y contactó a una trabajadora del astillero en el que había trabajado Leonardo. Esa mujer le dijo: “Sí, yo conozco a la hermana”. Esa hermana se llamaba Emírledes Sampallo.

—La tía Emírledes —dice son sorna, como quien reserva algo para contar después—. A los Barragán los conocí en julio y a los Sampallo los habré conocido en octubre. Creo que Remo habló con esa tía por teléfono y me llevó a conocerla. La situación era: “Qué tal, soy tu sobrina, necesito que vayas a hacerte el ADN”. Me pareció muy mandona, muy de cero a cien. Me decía: “Vos tenés que venir acá todos los fines de semana, te tomás el tren, el colectivo…”.

Emírledes Sampallo acudió al banco de datos, dejó su muestra de sangre, el resultado fue positivo y eso marcó el fin de la incertidumbre. Y el comienzo de todo lo demás.

—¿De tu padre y de tu madre sabés muchas cosas?

—Sé cosas, pero no muchísimas cosas. Podés tener anécdotas. Y eso no es la vida. Igual, lo que importa es lo que uno piensa, más allá de lo que te digan.

—¿Y qué pensás?

—Que eran muy diferentes. Eran los únicos que militaban en cada una de las familias. Era toda gente de trabajo con pocos recursos. Pero la verdad es que no los conocí y por más que me cuenten lo que me cuenten, ya está. Cuando me cuentan algo de ellos, no encuentro a mi papá o a mi mamá, sino la relación que esa persona tuvo con mi mamá o mi papá.

—Y de la militancia de tus padres…

—No sé cuál es el grado de involucramiento que tenían, pero sé que participaban en secuestros, que planificaban cuestiones que tenían que ver con la lucha armada. Me parece admirable que se hayan dedicado con tanta pasión a algo en lo que creían. Mi mamá no hizo el secundario, terminó la primaria e hizo un curso de corte y confección. De pronto empieza a trabajar en una fábrica y a comprometerse. Llevar esa vida a los 21 años, sin un peso, casada, con un hijo chico y otro en camino, y la militancia que incluía la clandestinidad, sabiendo que tenía la desaprobación de toda la familia… Una vida tan joven y tan sacrificada. Con respecto a la elección puntual del PCML, los aplaudo por haber sido diferentes. No era la elección mayoritaria, no militaron en Montoneros. Les encantó la onda china, y que hayan encontrado inspiración en un modelo tan lejano y tan esforzado me admira. Pero claro, traerlo a la ciudad de La Plata no tenía un pito que ver.

Invitó a su hermano a pasar unos días a Colonia, Uruguay. Fueron juntos de camping al sur de la provincia de Buenos Aires. Visitaba asiduamente a su abuela Azucena. Conversaba con su tía Blanca.

—Tomé litros de mate con ellos, comí todos los bizcochitos que se pueden comer.

El argentino Martín Acosta hizo una foto en la casa de Azucena Barragán, una vivienda humilde con gallinero y baño afuera. En la imagen, María Eugenia, sentada, se inclina riendo sobre su hermano, apoyándole las manos sobre los hombros. Gustavo, en el piso, sonríe reclinando la cabeza contra el pecho de su hermana. Azucena los mira a los dos. En la base del cuello se ve la traqueotomía que le han practicado como consecuencia de un cáncer. La foto, de octubre de 2003, es la imagen de un reencuentro feliz.

“Siempre digo que tuvimos la suerte de conocernos, pero por ahí no somos tan compatibles”, confiesa Gustavo, su hermano

***

Gustavo Rojas desvía la mirada hacia un ángulo ciego porque está llorando.

—Me acuerdo de Leonardo, el padre de Eugenia. Tenía la mano muy pesada. Por cada cosa que pasaba, el que cobraba era yo. Malos recuerdos. En cierta forma me alegré cuando los vi apoyados contra la pared porque dije: este tipo no me toca más. A mi mamá la recuerdo poco. Cuando estaba embarazada de Eugenia yo le ponía la mano sobre la panza y sentía las patadas del bebé, pero lo tenía que hacer a escondidas. Leonardo no tenía que enterarse. Porque no le gustaba. Para mí era terrible porque era un desconocido que me golpeaba por todo. Por desarmar el diario, por saltar arriba del sillón. Y si lloraba me pegaba más, porque era “un maricón”.

—¿Hablaste de esto con Eugenia?

—Sí, lo hablamos. Cuando nos conocimos me preguntó si quería ver una foto de Leonardo y accedí.

Si María Eugenia se crio escuchando distintas versiones acerca de cómo había llegado a manos del matrimonio de Rivas y Gómez Pinto, Gustavo no tuvo ninguna versión sobre el destino de Mirta Barragán, su madre, hasta que un día, a los 13 o 14 años, su padre lo llevó a pescar.

—Me preguntó qué sabía de mi vieja y le conté lo que me acordaba de esa noche, de los militares. Y me dijo que a lo mejor mi mamá estaba en otro lado, con otra pareja. Nunca planteó el hecho de que estaba muerta. Yo me acordaba de Leonardo y pensaba: se habrán ido. Mi abuela Azucena no me preguntaba nada. Después me contó que mi viejo les había prohibido que hablaran de Mirta, de la militancia y eso.

—¿Eso te enojó?

—No, traté de entenderlo. Él estuvo detenido, tuvo épocas que se dedicó al alcoholismo. Creo que cada uno lo llevó como pudo, más considerando esa época.

Fotografías de desaparecidos expuestas en el interior del edificio.Víctor R. Caivano
***

Emírledes Sampallo tiene 85 años. Su hermano Leonardo era el menor de los cinco. El padre de todos, obrero de una fábrica, era brutal.

—Muy violento, muy mujeriego —dice por teléfono—. Los padres de él, mis abuelos, eran buenísimos. Siempre decían que no sabían a quién había salido tan malo, porque había tenido un hermano que falleció muy jovencito y mi abuela decía: “Falleció el bueno y quedó el malo”. Es triste, ¿no? Gracias a Dios tengo mucha memoria, pero hay cosas que ya las dejé en el pasado, no voy a andar siempre con lo mismo.

Hace algunos meses, María Eugenia consiguió su teléfono y va cada tanto a verla con la intención de averiguar cosas puntuales.

—Ella es una chica taciturna, muy tímida. Anda siempre escribiendo todo lo que uno le puede informar, lo poco que uno puede, ya no hay mucho que contar. Hace bastante que no la veo. Mi hermano venía a mi casa con la chica. No me acuerdo el nombre.

—Mirta.

—La chica tenía un nene y lo traían. Estaba embarazada ya. Pero tampoco es agradable recordar tanto. Nosotros teníamos negocio con mi esposo, un almacén, y andaban esos autos, esos Falcon verdes con los que buscaban a los chicos y los asesinaban. Pararon y me preguntaron si yo era la hermana de Leonardo. Yo les dije inocentemente: “Sí, soy la hermana”. Y me dicen: “¿Dónde está?”. Como una boba les digo: “Si lo buscan lo van a encontrar porque recién se fue”. Yo no sabía en qué andaba mi hermano. Después de la última vez que estuvo en casa, mi mamá dijo: “Me parece que no lo vemos más”. Ella tenía ese presentimiento, pobrecita.

—¿Hicieron una denuncia cuando pasaba el tiempo y su hermano no aparecía?

—Era muy difícil todo. Yo tenía a los chicos chiquitos. El temor de uno era a que le pongan una bomba o maten a toda la familia. Mi mamá siempre decía: “A lo mejor logró ir al extranjero”. Mi mamá tenía esa esperanza, pobrecita.

—Usted no creía eso.

—Yo no, porque yo veía lo que estaba pasando. Después ya me citaron porque tenía que confirmar si esa chica era hija de mi hermano y todas esas cosas.

—Eso fue cuando apareció María Eugenia.

—Claro. Y me parece que la primera vez que la vi fue en las Abuelas. Después ya me llamaron para el testimonio, para decir que la chica, que nunca me acuerdo el nombre, había sido la pareja de Leonardo. Que son más desagradables. Lo sientan a uno en un banquito como si fuera un acusado. Y yo, inocentona. Pero toda esa gente, los que hicieron bien y los que hicieron mal, estaban envueltos en la política, no había ninguno que estuviera muy limpito.

—¿De los dos lados, dice usted?

—Sí, más bien. Ahí no había ninguno inocente. Por eso también engañaron a muchos chicos jóvenes. Era de terror. Pero yo no tenía ninguna maldad. Nunca pensé que iban a hacer el desastre que hicieron, la cantidad de gente que mataron.

—¿La vio muchas veces a Mirta?

—No, no, muy poco, porque andaban con el problema de que lo andaban buscando a mi hermano. Ya le habían puesto el ojo. Él estaba militando, yo recuerdo que me había comentado.

—¿Entonces usted sabía de la militancia de Leonardo?

—Sí, sí, sabía que él estaba militando. Sí, sabía porque él hablaba conmigo bastante. Yo siempre le aconsejaba que tuviera cuidado, le decía: “Ay, tené cuidado”. Él era un chico muy bueno. Obediente, dócil, trabajador. Eugenia me dijo que se ha distanciado del hermano. Todo lo que ha pasado le ha costado mucho asumirlo. Ella se ha recluido, porque amigos no tiene, me parece. Yo le he dicho: “María Eugenia, cuando vos quieras venir, vení”. La acompañé en todo lo que pude. Lo que pasa es que cuando una tiene chicos chiquitos es medio embromado andar testimoniando cosas que a una por ahí la involucran. Pero Eugenia se limita a estar encerrada en su mundo. Siempre está como buscando su pasado. Viene, me pregunta. Debe haber hecho mil veces las mismas preguntas. Yo se las he contestado. No tengo problema. La trato con mucha naturalidad, y me parece que si mi hermano tuvo a esa hija la debe haber querido.

“Cuando terminó el juicio quedé agotada. Llegué con el último esfuerzo. Quise cortar con Buenos Aires”

***

—Este año conseguí el teléfono de Emírledes y le dije: “Estoy armando mi árbol genealógico, te quiero hacer preguntas”. Me dijo: “Sí, querida, vení”. Pero hay un montón de cosas que no me cuenta. No tiene una actitud abiertamente hostil, pero hay un montón de olvidos selectivos. Por más que sea la sobrina, realmente no me conoce y yo tampoco la conozco a ella. En 2001, cuando la conocí, me dijo que mi papá les había presentado a la novia y que cuando lo dejaron de ver pensaron que se había ido con ella a vivir a otro lado. ¿Pensaron eso, y cuando llegó la democracia siguieron pensando lo mismo? Primero era: “Pensamos que se había ido”. Después me cuenta que en realidad sabían que estaba militando. Y el día que fue a declarar en el juicio me entero de que ella sabía que mi mamá estaba embarazada, cosa que a mí no me había dicho nunca. Cuando la escuché declarar eso pensé: la mato acá, adelante de todos.

—¿No puede ser que se le escapen datos, que le falle la memoria?

—No. Es una persona superlúcida. Para mí se hace la boluda. Ella, las hermanas, todos actuaron mal. Sólo no me gusta que lo oculten. Me sorprende el poco apego, el poco cariño que demuestra por el hermano. El día que fue a declarar al juicio, terminó la declaración y se fue, ni se despidió. Como un trámite.

El rostro y las manos son unidades autónomas, mecanismos que actúan por separado para expresar dolor, sorpresa, burla o, como ahora, ironía.

—Es tremendo —dice, inclinando la cabeza, sonriendo con malicia, colocando las palmas de las manos hacia arriba indicando desconcierto ante una evidencia—. Porque la odio y me reparezco. Tiene una forma de ser así, distante, que… bueno, yo soy un poco así.

Empezó a tramitar la indemnización que le correspondía por la desaparición de su padre (un monto para víctimas de la dictadura que otorga el Estado; la que le correspondía por la desaparición de su madre la habían cobrado su hermano Gustavo y Marcos Rojas, que se había presentado como heredero legítimo, lo que produjo uno de los primeros conflictos en el vínculo), y le preguntó a Estela de Carlotto si Abuelas tenía un equipo de psicólogos. Carlotto le dijo que sí, que llamara a Alicia Lo Giúdice.

Documentos de causas de lesa humanidad en la oficina del fiscal Félix Crous.Víctor R. Caivano
***

Alicia Lo Giúdice es psicoanalista. Trabaja desde hace décadas en Abuelas de Plaza de Mayo atendiendo a nietas y nietos restituidos. Tiene un consultorio privado en el barrio de la Recoleta y este, en la sede de las Abuelas, que funciona en la misma oficina en la que María Eugenia se encontró por primera vez con su familia materna. Hay un escritorio, una computadora, orquídeas, algún cuadro. Nada que remita a lo que durante años ha sucedido en este espacio, decenas de encuentros desconcertantes, felices, complejos, entre perfectos desconocidos que tienen la misma sangre.

—Creo que en el año 2001 Estela me llama, me dice: “Alicia, te va a llamar Eugenia, te pediría que…”. Y le dije: “Sí, por supuesto”. Eugenia me llama y empezamos a tener algunas entrevistas. Venía dos veces por semana. Para mí fue un trabajo maravilloso. Estudiaba Letras, le interesaba la parte lingüística, todo lo que iba viendo de latín, de griego, lo iba trayendo al consultorio, y para mí era un trabajo muy impactante. Estaba muy dolida porque la familia materna negaba mucho la existencia del padre. Como que les costaba aceptar que su madre hubiera dejado al primer marido con un hijo, y eso a Eugenia le dolía mucho. Creo que en algún momento la abuela había publicado una foto y sólo aparecía la madre, y habían recortado la parte del padre, algo así, muy triste. Uno tiene que entender que la dictadura hizo eso también, desarmó familias. Yo escribí un trabajo sobre María Eugenia, pero no lo publiqué. Ni lo publicaría.

—¿Por qué?

—Tendría que pedirle permiso, pero no creo que a ella le interese. Le puse de título Una tragedia sin traducción, porque ella en la Facultad tuvo que hacer la traducción de Edipo Rey y me dijo: “¿Cómo voy a hacer la traducción de la tragedia si lo mío es una tragedia sin traducción?”.

—¿La acompañaste hasta el juicio?

—Hasta que terminó el juicio. Estuve cuando ella declaró. Me impactó bastante. Ella tenía temor de ver a quienes la habían apropiado, y le dije: “Vos no mires”.

***

—Yo iba a lo de Alicia dos veces por semana. La fecha del juicio la supimos en septiembre de 2007. Era algo que había esperado durante años. Y le dije a Alicia que el juicio iba a ser en febrero. Llegó enero y me dijo: “En febrero me voy de vacaciones”. Y yo pensé: ¿y ahora qué hago? Bueno, se va de vacaciones, su vida. Después dije: pasó todo el juicio, no fui a terapia y no me pasó nada. Ya está. No voy más.

—¿Ahora te analizás?

—No.

—¿Por qué?

—No confío en el criterio ajeno.

Durante 2001 y 2002 la cuestión legal no fue una prioridad. Ella era la víctima, no la querellante, en una causa que, suponía, avanzaba con el ritmo usual.

—Yo no sabía qué pasaba en esa causa, simplemente que los culpables eran mis apropiadores y que en algún momento iban a tener que ir presos. La causa la llevaba Alcira Ríos, una abogada que históricamente había trabajado con Abuelas.

Alcira Ríos fue secuestrada el 27 de julio de 1978. Conoció a Laura, la hija de Estela de Carlotto, en La Cacha, un centro clandestino de La Plata. Laura le contó que había dado a luz a un varón el 26 de junio de 1978. La ejecutaron en agosto. Años después, Alcira reconoció a Laura en una foto y le reveló a Estela de Carlotto que tenía un nieto (Ignacio Montoya Carlotto, restituido en agosto de 2014, a los 36 años).

—Yo la iba a ver a Alcira, me atendía con buena onda pero nunca pasaba nada con la causa. No avanzaba.

En 2002 empezó a cobrar la pensión mensual que recibe hasta hoy, renunció a su trabajo en el estudio de abogados y decidió mudarse a La Plata.

—Quería estar cerca de mi familia. Se me ocurrió pedirle a mi tía Blanca que me saliera de garantía para alquilar. Pensé que ella y el marido, Cándido, se iban a alegrar, porque siempre decían que querían que estuviera cerca. Les cayó como el culo. Cándido, que era pintor de casas, me dijo que iba a ver si alguna de las inmobiliarias con las que trabajaba me podía ofrecer algo. Una amiga me salió de garantía y Cándido me contactó con la inmobiliaria que me facilitó un poco las condiciones. Después Blanca me reprochó diciéndome: “Las cosas que hicimos por vos”. Sentían que me estaba aprovechando de ellos. Fue una charla tensa, ella lloró, dijo que se sentía usada. Creo que fue uno de los primeros pasos en el alejamiento.

El fiscal Félix Crous.Víctor R. Caivano

Dejó Buenos Aires, volvió a inscribirse en Letras en la Universidad de La Plata. Tenía que iniciar trámites —alquiler, pago de servicios— y quería hacerlos con un documento en el que se hubiera eliminado el nombre “Violeta”, reemplazado el apellido Rivas por los de su padre y su madre, modificado la fecha de nacimiento. Quizás fue eso, una cuestión burocrática, lo que empezó a acercarla a los titulares de los diarios mientras la alejaba de todo lo demás.

—Tenían que rectificar mi partida de nacimiento para tener un DNI nuevo, y eso demoraba.

Finalmente, Alcira Ríos le dio la partida de nacimiento rectificada y le indicó que en cualquier Centro de Gestión y Participación barrial le harían el cambio. No fue así. No todos los días se presenta en una dependencia pública una persona que asegura no ser quien se supone que es, cuyos padres no son quienes se suponen que son, y dice: “Quiero un documento nuevo con estos datos”. Los funcionarios la miraban de reojo y la enviaban de un sitio a otro, sin saber qué hacer. Ella recuerda con todo detalle, en un relato sacudido por el llanto y el ahogo, lo que le dijeron y lo que dijo en cada una de las estaciones de esa peregrinación humillante y desesperada por dependencias públicas.

—Yo no quería estar explicándole a todo el mundo mi dramática vida. Al final tuve el documento nuevo. La fecha de nacimiento que figura es el 8 de febrero, la fecha de casamiento de mi abuela Azucena. Pero todavía no sé qué día nací.

La causa seguía su marcha. Cada tanto, en su condición de víctima, la citaban para una prueba, una declaración. Un día tuvo que ir al juzgado para realizar una pericia caligráfica.

—Entro, estaba Alcira Ríos con mi tía Blanca. Me dice: “Entrá, ahí te indican lo que tenés que hacer”, y se fue. Entré. Una chica me dijo: “No sé, escribí algo”. Le digo: “¿Y qué escribo?”. “No sé, copiá algo de este libro”. Yo sentía una impotencia, una indignación, ganas de llorar, porque Alcira me había dejado ahí tirada. Bueno, escribo, y cuando salgo un empleado me dice: “¿Qué vas a hacer con esto?”. Señala una pila de papeles: “Es la causa en tu contra por falso testimonio”. Los apropiadores y Berthier me habían iniciado una causa por falso testimonio, y yo no estaba ni enterada, Alcira no me había avisado.

En el mismo juzgado, con los mismos fiscales, era víctima y acusada: le imputaban haber falsificado la prueba de ADN, haber mentido con relación a los maltratos. Pidió reunirse con Estela de Carlotto, le expuso su descontento con el accionar de Alcira Ríos, Estela de Carlotto se mantuvo firme en la defensa de la abogada. Habló con su familia, les expuso su descontento con el accionar de Alcira Ríos, su familia se comunicó con Estela de Carlotto, Estela de Carlotto les aseguró que Alcira Ríos estaba haciendo lo correcto.

—Mi familia desconfió de mí y para las Abuelas yo era “la chica problemática que viene a cuestionar cuando acá hacemos todo bien”. Así que llamé a Andrés Beccar Varela, le conté lo que pasaba y le dije: “Quiero un abogado”. Me dijo que tenía un primo, Tomás Ojea, que era penalista. Me lo presentó. Hablamos quinientas veces con Tomás hasta que me dijo: “Eugenia, vos te podés presentar como querellante”. Yo en ese momento tenía la plata de la indemnización y dije: “Voy a gastar hasta el último centavo en pagarle a Tomás”. En el medio, Estela y Alcira se pelearon, por razones que desconozco, y entonces en Abuelas me dijeron: “Querida, tenías razón”. Ahora Alcira era problemática. Pero me sorprendió muchísimo la actitud de Abuelas que fue hacerse cargo económicamente de la representación de Tomás. Igual, me pareció que les daba igual que yo querellara o no. El tema para Abuelas pasa por la vinculación con la familia y lo de los apropiadores queda a gusto del consumidor. Lo importante es que conozcas a tu familia, te lleves bien con ellos. A mí me parece que tendrían que poner negro sobre blanco el tema de la culpabilidad. Porque si nosotros estuvimos desaparecidos, y muchos siguen estando, es porque alguien nos robó. Por más que te digan que te quieren o que vos estés convencida de que los querés, es un vínculo equivocado. Cada vez que aparece un nieto, nadie dice qué se va a hacer con los apropiadores, es un tema tabú. Igual, les estoy eternamente agradecida a las Abuelas. Primero, por su existencia, porque fueron las que hicieron algo para que yo me analizara en 1989. Después, porque a pesar de todos estos quilombos, me bancaron pagándole a Tomás. Y porque en cada conflicto de la causa, si había que pedir una reunión con alguien para exponer decisiones mal tomadas, Estela me acompañó, con el respaldo de Abuelas. Lo que sí me pareció, y me sigue pareciendo, es que tenían poca capacidad para reconocer errores, pedir disculpas, mostrar empatía.

¿Cuántos errores reconocidos, cuántas disculpas, cuánta empatía serían suficientes para llevar paz a un territorio que estuvo bajo asedio durante casi 30 años?

“No conoció el amor, todo fue piña y piña, y hacha y hacha. Tiene una coraza así de gruesa. Pero está viva”, dice un amigo

***

—Tengo todo el tiempo que necesites —dice Tomás Ojea—. Para mí Eugenia es muy importante.

Tomás Ojea y María Eugenia mantienen una relación fluida. Almuerzan si ella viaja a la capital, ella le tejió una bufanda. Es, quizás, el único vínculo que ha sostenido ininterrumpidamente durante casi dos décadas.

—Eugenia empezó a no sentirse cómoda con Alcira Ríos. Cuando llegó a verme, estaba denunciada por sus apropiadores por falso testimonio. Decían: “Miente sobre cómo fue criada, miente sobre todas las cosas que dice”. Ella era la acusada. Y en paralelo, estaba la causa de la apropiación. María Eugenia me dijo: “No entiendo. Acabo de descubrir mi identidad, y de repente estoy en esta situación”. Ella se abrió de Abuelas, lo que no era fácil. Abuelas monopolizaba todos los procedimientos y comportamientos con relación a los medios, hasta ese momento las querellantes en las causas eran las Abuelas. Le dije: “Eugenia, legalmente podés ser querellante, tenés derecho a ejercer tu rol de víctima en el proceso judicial, podés tomar decisiones, cuestionar, y yo te recomiendo que lo hagas”. Ella aceptó. Fue una decisión muy categórica. De repente, fue la primera nieta que recuperaba su identidad y presentaba un expediente judicial contra sus apropiadores. Esos que se llamaban “padres del corazón” eran denunciados por la apropiada misma. Todo eso era muy nuevo, muy tabú. Eugenia decía: “Acá no importa si criaron o si no criaron. Hay un delito que es la apropiación, cometida por el aparato del Estado. Es un crimen de lesa humanidad, tiene que quedar claro para que no se vuelva a repetir”.

¿Qué fue lo que la hizo tener esa postura en relación con un tema sobre el cual no había información ni consenso por aquellos años en lo que lo usual era hablar de “padres del corazón” o “padres adoptivos”? No se sabe, pero las amarguras del trámite para conseguir su documento, y la sensación de abandono al presentarse a la pericia caligráfica, se sumaron al detonador final: una causa en la que, quienes le habían mentido, la acusaban de mentirosa. Así, un día de 2002 todo tomó otro rumbo y decidió presentarse como querellante, decir “yo acuso” y pedir 25 años de condena para todos.

Mapa de centros de detención y tortura que hubo en Buenos Aires.Víctor R. Caivano
***

El 12 de enero de 2026 hace un calor que parece un chirrido capaz de provocar una explosión. Antes de las once de la mañana, Manuel Gonçalves Granada define el punto de encuentro: un bar en la zona de Núñez, muy cerca de lo que fue la Esma, la Escuela de Mecánica de la Armada, un predio que funcionó como centro clandestino durante la dictadura y en el que ahora hay distintos organismos dedicados a los derechos humanos. Manuel es, además de uno de los nietos restituidos, miembro de la Comisión Directiva de Abuelas de Plaza de Mayo. Conoció su origen en 1997, cuando tenía 21 años y se llamaba Claudio Luis Novoa. Su padre, Gastón Gonçalves, militante montonero, había desaparecido en abril de 1976. Su madre, Ana María del Carmen Granada Vera Gonçalves, militante de la Juventud Peronista, fue asesinada en lo que se conoce como la Masacre de la calle Juan B. Justo, en la ciudad bonaerense de San Nicolás. El 19 de noviembre de 1976, el Ejército y la Policía asesinaron durante un operativo, en una casa ubicada sobre esa calle, a dos niños y tres adultos. Manuel, que era un bebé, salvó la vida porque su madre lo escondió en un ropero. El juzgado de menores lo dio en adopción al matrimonio Novoa en febrero de 1977. Su caso fue notorio ya que resultó ser hermano de uno de los miembros de la banda de reggae y ska Los Pericos, muy conocida en el país.

El bar de la cita es enorme y la refrigeración con anabólicos amenaza con desollar los objetos: cada cosa que se toque —una mesa, un vaso— está congelada.

—Cuando Eugenia aparece, yo ya estaba vinculado con Abuelas —dice—. Hablaba muy suave, parecía muy tranquila, pero también era muy determinante. Eso después se ratificó con su decisión de querellar a sus apropiadores. Eso fue muy importante para el resto. Siempre lo digo, esa determinación que tuvo Eugenia no la tuvieron todos. Muy pocos.

—¿Vos qué hiciste con eso?

—Yo tengo abierta una causa que está en la Corte Suprema. La abrí en 2007. En mi caso hubo una adopción. Cuando me encuentran empiezo a entender cómo fue esa adopción, la vinculación del juez de menores con la familia que me crio. Esa adopción tenía un montón de irregularidades: mi padrino era primo del juez de menores. Así que hablé con la que había sido mi mamá adoptiva y le dije que yo había abierto una causa en la que ella iba a tener que declarar. No llegó a declarar porque falleció. Alcira fue mi abogada para la nulidad de la adopción. Me tomó ocho años anular eso, pero no la culpo a Alcira. Para mí ella tenía la dinámica propia de una abogada que está con mil cosas. Desconozco las conversaciones que pudo tener Eugenia con Estela, pero Alcira era la mujer que le dijo a Estela: “Yo vi a tu hija, vos tuviste un nieto”. Imaginate lo que era esa persona para Estela. Y así y todo, en un momento esa relación se terminó y Alcira se fue muy mal de Abuelas. Yo creo que lo que le pasó a Eugenia es lo que nos pasó a todos en esa época. Todo era muy crudo, no se entendía el valor de la restitución de la identidad. Además, Abuelas prioriza la vinculación con la persona. ¿Qué postura institucional tomo? ¿Soy versátil, querello por el mismo delito a unos sí y a otros no? No podés tener distintos criterios según el deseo de cada uno de nosotros. Hay casos, como el de María Eugenia, que Abuelas acompañó, y hay casos donde dicen: “No, yo no quiero que vayan presos”. El planteo es: “¿Por enjuiciarlos a ellos voy a alejar a esta persona de Abuelas como lugar de contención?”. Y no. Lamentablemente es parte de las consecuencias que dejó el terrorismo de Estado. Abuelas hizo todo por vos. Lo demás es algo que Abuelas puede acompañar, pero no es obligación. Yo me posicioné en: tengo que hacer algo por Abuelas, no pedirles que hagan algo por mí. Ellas me encontraron, y yo ni sabía que me estaban buscando. Digo todo esto no para exculpar a Alcira, sino porque todo era muy difícil. María Eugenia era una persona muy interesante, muy firme. Proyectaba una imagen de alguien muy frágil, y sin embargo tenía una entereza que muchos no han demostrado luego. Para mí la historia de ella es un aporte a la historia de nuestro país. Su caso demuestra que se puede llegar a que quienes habían sido tu mamá y tu papá se transformen en delincuentes que deben ser condenados. Eso es un aporte grandioso, que a mí me sigue sirviendo para otros casos, para sacarlos de la fragilidad lógica en la que están.

***
Leila Guerriero explica el proceso de creación de ‘Una sangre común’

—A veces pienso que mis apropiadores terminan dando lástima. No eran personas especialmente diabólicas. Eran personas comunes que hicieron las cosas mal y no trataron de enmendarlo. Robarle el hijo a otra persona está mal. ¿Cuál hubiera sido la forma de enmendarlo? Ayudarme a saber. Y lo que hicieron fue exactamente lo contrario. Mentir, ocultar, tratar de hacerme sentir mal por intentar averiguarlo. Y una vez que logré averiguarlo, poner todas las trabas posibles durante el juicio para que fuera más difícil. Pero estaban convencidos. Y creo que si les preguntaran si lo volverían a hacer, dirían: “Sí, porque lo que hice está bien”. A mí me pasa exactamente lo mismo. ¿Volvería a hacerlo? Volvería a hacer todo lo que hice. El mismo Berthier está convencido de que luchó a favor de la sociedad occidental y cristiana, y que mis padres y todos los de su especie eran enemigos que había que destruir.

—A la mujer de Berthier la conociste.

—Sí, Violeta. Ahí hay algo que nunca entendí. Estoy convencida de que me apropiaron para ellos, para Berthier y la mujer. Y no sé qué pasó que a los dos meses me entregaron a mis apropiadores.

—¿Por qué estás convencida de eso?

—Por el tiempo que pasó desde el nacimiento al momento en que me entregan a mis apropiadores, que es inexplicable. Dos meses. Es obvio que no pasé dos meses con mi mamá. Pero con Berthier no sentí bronca ni odio. Con Cristina y Osvaldo la bronca y el odio eran parte del desgaste de la convivencia. Con el tiempo también eso se fue. No me producen nada. Incluso durante el juicio no tenía ningún sentimiento hacia ellos. No tengo esa idea de “me cagaron la vida”.

La ciudad de La Plata fue diseñada por el ingeniero Pedro Benoit en 1882: 36 por 36 manzanas, avenidas cada seis cuadras, diagonales. Aún llueve torrencialmente y ella, en el auto, da instrucciones para llegar hasta su casa. Calles y más calles que repiten la misma versión de línea recta, plaza, curva, diagonal, línea recta, plaza, curva, diagonal.

—Es ahí —dice, y señala un condominio de dos pisos.

Baja del auto y, aunque no tiene paraguas, no se apura por entrar.

***

“Hola. Lo estuve considerando y no voy a participar. Un abrazo grande. ¡Mucha suerte! Gracias por invitarme”, responde Liliana Ghibaudi por WhatsApp un mes después de haber recibido dos mensajes en los que se le solicita una entrevista.

“Discúlpame, pero después del encuentro de mi sobrina vino un tiempo y de ella no sé más nada, se alejó. Dos años antes de que faltara mi mamá no la vi más y yo no quiero revolver todo de vuelta. Gracias, espero que me entiendas”, responde Blanca Barragán el 9 de enero de 2026 a un mensaje en el que se le solicita una entrevista. Al final de la frase hay un emoji de corazón rojo.

***

Responde con rapidez, facilita y sugiere contactos, envía documentación, fotos: no hay nada en ella que parezca reticente a pesar de que durante años se ha negado a dar entrevistas. El mensaje llega por WhatsApp a fines de 2025: “Al final, siento que te estoy hablando remal de todo el mundo, ja, ja, ja”. Un par de días después, en el bar de la plaza Malvinas, dice:

—A lo mejor soy injusta, pero estoy convencida de que ni mi familia materna ni mi familia paterna se dieron cuenta de la gravedad de lo que me pasó.

—¿Te apoyaron en el juicio?

—No. No me apoyaron. El tema de mi apropiación para mí era central, insumía un montón de tiempo. Y mis tías, mi abuela, no participaban en nada. En el juicio los presenté como testigos, pero para ese momento ya no estábamos en contacto. Mi abuela Azucena tuvo que venir a Buenos Aires a firmar un poder para que la representara Tomás. Cuando volvíamos a su casa, me dijo: “Ay, qué pesado esto, ojalá termine pronto”. Para mí eso fue una puñalada. Tuvo que venir a firmar un papel, nada más.

—¿Qué hiciste cuando te dijo eso?

—No la llamé más. Ella me dejaba mensajes en el contestador. Yo sentía que no tenía nada más que hablar con ella. Murió en 2010. Me llamó la pareja de mi hermano para avisarme. Justo el día que la enterraban, como habían recuperado los restos de unos compañeros de mis papás, se hacía un acto en el cementerio y era una actividad que yo ya tenía programada. El entierro de mi abuela era un par de horas después. Me quedé dando vueltas un rato hasta que dije: no, faltan mil años, me voy. Mi tía Blanca, el día que fue a declarar, vino a preguntarme si todavía tenía una heladera tipo minibar, para ver qué iba a hacer con eso porque me había mudado. Hacía un montón que no la veía y en un momento tan importante se acerca para decirme qué había hecho con la heladera.

—Liliana Ghibaudi no declaró.

—No. Me dijo que sí, después me dijo que más adelante. Se sentía en peligro. Sentía que Berthier le podía hacer no sé qué cosa. Me tuvo dando vueltas como un año y al final no declaró.

Desconfía de su tía Emírledes, se queja del trato que recibió por parte de Alcira Ríos, se alejó de Abuelas, no habla con su tía Blanca ni con su tía paterna Dolly (porque un día apareció en el estudio de Tomás Ojea preguntando si ella podía reclamar la indemnización por la desaparición de su hermano Leonardo), no tiene contacto con Liliana Ghibaudi ni con su hermano. La fábula del reencuentro feliz hecha jirones, la realidad que no encaja en el guion de quien forma parte de un grupo de personas que encarnan un daño colosal iniciado 50 años atrás.

—Cuando nos conocimos, mi hermano me contó que consumía cocaína, alcohol. El deporte era ir a un boliche a armar peleas y cagarse a piñas. Creo que durante un tiempo dejó de consumir, pero siempre tenía conductas supersacadas y de adicto.

Recuerda con ofuscación un asado que organizaron integrantes de Abuelas en el que él se emborrachó —­igual que muchos de los que estaban ahí—, o que, cuando ya no tenían relación entre ambos, cada vez que él iba a Buenos Aires pasaba por casa de las amigas de ella y les tocaba el timbre.

—Yo se las había presentado pero no eran amigas de él, y nosotros ya no nos hablábamos. No tenía nada que ver que pasara a tocar el timbre.

Pueden pensarse como actitudes victorianas, pero quizás esos actos, que considera inadecuados, reaviven la vergüenza que sentía ante los comportamientos de Rivas y Gómez Pinto.

—Mi hermano es buen pibe, trabajador, pero todo era difícil con él. En la casa tenía una cajita con diapositivas del casamiento de mi mamá, estaban húmedas, le dije: “Me las llevo y las limpio”. Conseguí un proyector, las limpié, le dije que viniera para verlas, las vimos y me dijo: “Bueno, me las llevo”. Está bien, llevátelas y metételas en el ano. Pero como te decía en el mensaje, la verdad que estoy hablando mal de todo el mundo. Si bien realmente creo en las cosas que te dije, también pienso que de mi parte hay una dificultad. Hay gente que ve algo que está mal y lo pasa por alto. Yo sé que si algo se me pone acá adelante y creo que está mal, no lo puedo dejar de ver. Y listo, se corta la comunicación.

—Nunca das marcha atrás.

—No.

—¿Te gustaría poder revertir eso?

—No.

***

—Siempre digo que tuvimos la suerte de conocernos, pero por ahí no somos tan compatibles —dice Gustavo un día de enero de 2026, al final de la jornada, poco antes de regar las plantas del vivero—. Yo estoy contento de haberla conocido. La extraño, pero no sé si tengo ganas de volver a tener esa fluidez que tenía antes. Porque con Eugenia, si no son juicios, si no son comentarios de expedientes, no tengo mucho de qué hablar. Tuvimos esos años que compartimos un montón de cosas, pero después del juicio ya no tuvimos más vínculo. Ella tenía una postura de mucho cuestionar por qué habían hecho eso los mayores, mis tíos. Por qué no siguieron investigando. Pero había que estar en el lugar de los otros. Los cuatro tíos fueron secuestrados, torturados. También pienso que ha sido tan dura su vida que relacionarse con personas no es lo más importante para ella. Mi abuela Azucena me preguntaba: “¿Sabés algo de tu hermana, que no me contesta?”.

Gustavo estudió Ingeniería Química durante años, pero abandonó. Después de la muerte de su padre quedó a cargo de su abuela María, una mujer con problemas de salud, desconfiada —creía que su nieto la envenenaba al darle los medicamentos—, a quien de todas maneras recuerda bien.

—Tenía un carácter de mierda, pero no era mala. Cuando yo estaba estudiando Ingeniería, ella cortaba la luz a las doce de la noche porque decía que no eran horas para estar levantado. Pero cuando era chico me llevaba al zoológico, le gustaba cocinar. Ya falleció. La cuidé hasta el final.

Gustavo no mantiene el contacto con su tía materna, Blanca, ni con su tío materno, un hombre apodado Cacho (con el que María Eugenia nunca tuvo relación: “Apareció un día en la casa de mi abuela Azucena para saludar, le dijeron: ‘Ella es la hija de Mirta’. Y él dijo: ‘Ah, hola’, como si yo fuera una chica completamente incidental”), y vio por última vez a su hermana hace dos años, cuando se encontraron de manera casual durante la marcha del 24 de marzo, el día en que se recuerda el golpe de Estado de 1976.

—Nos encontramos en la marcha, en La Plata. Intercambiamos los teléfonos, dijimos que cualquier cosa que necesitáramos sabíamos cómo ubicarnos. Le conozco el carácter, duro, bastante estricto. Sé que está sola, ni siquiera sé dónde vive. Sé que siempre está buscando, buscando. Espero que se sienta bien. No hay un manual para hermanos reencontrados. Yo lamento que haya sido así.

***

El juicio comenzó el 19 de febrero de 2008. Para entonces, todos los vínculos con su familia se habían desvanecido. El 21 de febrero se sentó ante los jueces y los tres acusados y respondió serena a las preguntas del fiscal, Félix Crous, y de su abogado, Tomás Ojea. La defensa no hizo preguntas.

—¿Nombre completo?

—María Eugenia Sampallo Barragán.

(…)

—¿Lugar y fecha de nacimiento?

—No sé.

La declaración duró dos horas y durante el transcurso del juicio decidió no hablar con la prensa.

—Les dije a las Abuelas: “Hagan un blog, pongan las cosas del juicio, pero yo no voy a dar ninguna entrevista”. Después de la primera audiencia fue una catarata de gente que quería entrevistarme, por eso de que era la primera nieta que le hacía juicio a sus apropiadores. Las Abuelas me dijeron: “En algún momento vas a tener que decir algo”. Les dije que hiciéramos una sola cosa, una sola vez.

Y la sola cosa, y la sola vez, fue una conferencia de prensa que se realizó el 31 de marzo. Con una blusa roja de cuello Mao, sentada ante una mesa en la que hay micrófonos y grabadores de medios locales y extranjeros —a su izquierda, Estela de Carlotto; a su derecha, Tomás Ojea—, después de agradecer a la prensa, con los ojos clavados en lo que ha escrito, lee, precisamente, una reconvención a la prensa por el uso de términos inapropiados para referirse a situaciones como la suya: “Yo fui inscripta como hija propia por estas personas, con una fecha de nacimiento falsa, un lugar de nacimiento falso, padres falsos, a partir de un certificado de nacimiento falso. Sería lamentable que después de esta clara explicación se siguiera sosteniendo públicamente el término erróneo de ‘padres adoptivos’ (…) podemos preguntarnos si una persona que robó a un recién nacido, que le ocultó que fue robado, que tal vez secuestró o torturó a sus padres, que lo separó de ellos y de su familia, que le mintió siempre respecto de sus orígenes, que —más frecuentemente de lo que cada uno quiere pensar— lo maltrató, humilló, engañó, en forma cotidiana, que lo separó de su familia a conciencia, si una persona que hizo todo esto, o algo de todo esto, puede saber y sentir qué es el amor filial. Yo respondo que no, que el vínculo con este tipo de personas queda determinado por la crueldad y la perversión. Para expresarlo de manera sencilla”, dice, haciendo una pausa, levantando dos fotos: “Estos fueron mis apropiadores: María Cristina Gómez Pinto y Osvaldo Arturo Rivas”. Deja las fotos sobre el escritorio, levanta otra: “Esta fue la persona que me entregó a ellos: el excapitán del Ejército Argentino Enrique José Berthier”. Deja la foto sobre el escritorio y levanta las últimas dos: “Estos son mis padres: Mirta Mabel Barragán (…), trabajadora de la empresa SIAP, delegada de la sección Tableros y militante del Partido Comunista Marxista Leninista. Leonardo Rubén Sampallo (…), trabajador del Astillero Río Santiago, subdelegado de la sección Calderas y militante del Partido Comunista Marxista Leninista”. Hace eso. Y después se va.

***

—A mí me impactó mucho su escrito el día de la conferencia de prensa —dice Alicia Lo Giúdice—. En todas las clases que doy en la Facultad de Psicología leo ese escrito. En un momento ella dice que los apropiadores les hacen sentir mucha culpa. Sobre todo cuando esta gente está grande, enferma. Quedan como en ese lugar de pobrecitos. A algunos nietos o nietas les cuesta tomar distancia. Es humano, también. Yo prefiero que tengan una postura decidida respecto de lo que pasó, pero no se lo voy a exigir a nadie. Una cosa es como ciudadana, otra como analista. Hay algo que lamentablemente se ve mucho hoy en día, que es el mecanismo de renegación: hacemos como si nada hubiera sucedido. Yo estaría más inclinada a tomar la posición de Eugenia: que es imperdonable lo que pasó. Y no pensar: pobre gente. Pero no puedo obligar a nadie, porque otra cuestión que tomo en cuenta es… ¿quién quiere saberlo todo?

María Eugenia Sampallo Barragán podría ser alguien que, en efecto, quiere saberlo todo.

María Eugenia (en el centro), a las puertas del tribunal de Buenos Aires donde se juzgó a sus apropiadores, en 2008.Rolando Andrade Stracuzzi
***

—Nosotros estuvimos con ella durante todo el juicio —dice su amiga Ivana Roitberg desde Puerto Madryn—. Ella siempre lo tuvo muy claro, nunca habló de familia al hablar de los apropiadores. En otros casos veo que se pierde de vista el trasfondo de la apropiación, que se habla de “familia adoptiva”. El juicio fue algo muy duro para ella. Hubo un par de años, después de la sentencia, en que se aisló por completo. Yo la llamaba y no contestaba. Y ahora está como aislada, aunque hablamos todas las semanas.

—¿Te preocupa ese aislamiento?

—Sí, me preocupa, pero nunca nos manifestó que esté deprimida. Muchas veces me pregunto cómo está. A ella le gusta estar sola, pero después hay una parte que no la sabemos, creo yo.

***

El juicio duró tres meses. Los días de las audiencias —ella fue a todas— se quedaba en Buenos Aires, en un hotel del centro. “Tenían unos chicos jóvenes de ‘mucamos”, dice por WhatsApp, “y me parece que había algún tema con ciertos huéspedes masculinos que invitaban a ciertas ‘huéspedes’ femeninas. Era tranquilo, internet funcionaba, tenía cable y aire acondicionado. Dentro de todo el quilombo del momento, la pasaba bien. Enfrente del hotel había un Farmacity o algo así. Me compraba chicles de esos que son finitos y largos y me compré un perfume Halloween, la versión alternativa, que usé durante todo ese tiempo. ¡Me encanta ese perfume!”.

—La declaración de Eugenia fue impresionante —­dice Tomás Ojea—. El juicio arrancó con su testimonio. Sentada en el podio, sala llena, los tres jueces, los tres acusados. Era la primera vez que se escuchaba a una persona que había sufrido la apropiación hablar públicamente. Pero ¿cómo íbamos a probar el conocimiento por parte de sus apropiadores del origen de Eugenia? Era muy difícil. Y ahí contamos con una declaración que es la de la vecina Olga González, que dijo algo crucial. Dijo que ella por el ventiluz de su casa escuchaba la vida de los vecinos, y un día escuchó que Gómez Pinto la estaba retando a Eugenia, con violencia, y en un momento le dijo: “¡Hija de subversiva tenías que ser para ser tan rebelde!”. Esa frase en el juicio cayó como una verdad inapelable, la evidencia de que los apropiadores tenían conocimiento pleno de lo que le había pasado a Eugenia, de que era hija de militantes, de que los militantes habían muerto y que se la habían sacado.

***

—Nombre.

—Olga Norma González.

(…)

—¿Conoce a María Eugenia Sampallo Barragán?

—Sí, de bebé.

—Bien. ¿Tiene algún interés personal en el resultado de esta causa?

—El único interés que puedo tener personal es que tenga una buena vida ella.

Olga González, vecina del primer piso del mismo edificio en el que había vivido María Eugenia Sampallo Barragán, declaró el 27 de febrero de 2008. Tenía 67 años, gesto desafiante, voz segura. Contó que un día en el que sabía que sus vecinos del segundo piso iban a viajar a Mar del Plata escuchó, por el ventiluz del baño, que Cristina Gómez Pinto despertaba a la niña.

—La nena lloraba, no quería, quería dormir. Cristina se fue enojando y fue un clic para mí cuando escuché que le decía: “Mocosa maleducada, caprichosa, tenías que ser hija de guerrillera para ser rebelde”. Y desde ahí siempre me quedó una espinita (…) Peleaban mucho con el marido, la nena se asustaba (…) Enfrente estaba Beatriz Ghibaudi (Elfriede), con su hija Liliana. La nena era chiquita, golpeaba la puerta y gritaba: “Yusto, yusto, yusto”. Liliana le abría, la consolaba, la llevaba a pasear, la bañaba (…) Cuando tendría 10, 11 años, un día vino muy acongojada a casa. Tardó mucho en empezar a llorar, estaba muy ahogada y yo le empecé a decir que me contara si le habían pegado (…) Entonces me dijo que quería ir a la comisaría a buscar a su papá y su mamá. (…) Empecé a decirle que si ella iba ahora iba a quedar bajo juez de menores, iba a estar en un asilo, que así por lo menos estaba conmigo (…) le decían, sobre todo Cristina, que era una burra, que ella había dejado su tiempo y su vida y vendido sus joyas para que ella estudiara.

Todas esas cosas, y muchas otras, dijo Olga González en el juicio.

***

En la pantalla aparece un hombre con una gorra de visera. En el fondo, blureado, se adivina el diapasón de una guitarra apoyada contra la pared.

—Fue el primer juicio por sustracción de niños y uno de los primeros míos —dice Félix Crous, que fue el fiscal de la causa—. María Eugenia había tenido muchos relatos de parte de esa gente, que la hubieran enloquecido si no fuera la chica inteligente, racional y serena que es. Los apropiadores eran personas bastante precarias. No sabemos si Berthier fue el que la sustrajo a los padres desaparecidos, porque nunca pudimos probar que estuviera involucrado en el circuito de la represión, aunque es muy probable que lo estuviera. No sabemos si fue él el que recibió a la chica del médico que atendió el parto clandestino, o si la entregó un tercero. Pero era un intermediario, quedó comprendido en una de las formas del delito. Fue la primera vez que se condenó con penas más graves estos hechos. Se condenaban con penas muy bajas las apropiaciones. Esa idea de: “Yo te salvé la vida” estaba en los primeros tiempos, en la sociedad y un poco en los jueces. La pena más grave era para el hombre, que era en general el que tenía el vínculo con alguien de la fuerza, si es que no era de la fuerza. Y para la mujer había una suerte de tolerancia con penas bajísimas. En este caso, la pena fue casi igual para él y para ella, y un poco más alta para Berthier. Pero no hay ninguno de estos juicios que no te deje un sabor contradictorio. La única conclusión con la que terminás es: esto no tendría que haber sucedido. Por un lado te satisface, porque sentís que, a quien procuró justicia, le dio algún tipo de sosiego. Pero la verdad es que la respuesta es casi simbólica para un daño de semejante magnitud. Yo lo entiendo, lo respeto, pero me resulta casi conmovedor que alcance eso para una víctima. Es tan grande y tan inabordable esto. Es del orden de lo siniestro. Y lo del orden de lo siniestro es irreparable.

***

El 4 de marzo de 2008 subió al estrado Enrique Berthier, chaqueta blanca, campera verde: “A la señora Cristina Gómez Pinto (…) La última vez que la vi tenía 17 años (…) Dentro de una semana voy a cumplir 60 (…) No sé si ella dice que es hija de guerrillera o no. A mí no me interesa porque es un problema de familia. De ellos”. Estaban presentes en la sala Cecilia Pando y unos 20 integrantes de la Asociación de Familiares y Amigos de los Presos Políticos en la Argentina, un grupo que niega el terrorismo de Estado y reivindica las acciones de los militares durante la dictadura. En su alegato, Alejandro Macedo, abogado defensor de Berthier, dijo: “Como expresó el general Videla, el desa­parecido es una incógnita, no está ni vivo ni muerto, es un desaparecido. No podemos dar por probada la desa­parición de Leonardo Sampallo ni de Mirta Barragán. Tampoco está probado que María Eugenia sea su hija; el examen genético habla de una probabilidad del 99% y resalta en negrita que se trata de eso, de una probabilidad (…) En la Argentina hubo una guerra. Los terroristas utilizaban a los niños como cobertura para los actos de terror (…) En este juicio no se ha probado nada de lo que se le imputó a mi cliente, y por lo tanto pido su absolución”.

La sentencia se conoció el 4 de abril de 2008. Osvaldo Rivas fue condenado a ocho años por los delitos de retención y ocultamiento de una menor y falsificación de documento público. Cristina Gómez Pinto fue condenada a siete años de prisión por el delito de retención y ocultamiento de una menor. Enrique Berthier fue condenado a diez años de prisión por los delitos de retención y ocultamiento de una menor y de falsificación de documento público. El defensor de Berthier, Alejandro Macedo, dijo: “Ningún abogado puede estar contento con una condena, pero en las condiciones políticas que vive la Argentina el tribunal ha tenido la cordura suficiente”. La vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Rosa Roisinblit, dijo: “Hemos comprobado que el secuestro de un niño en Argentina no es un delito mayor, porque seis o siete años de prisión por lo que hicieron, por lo que maltrataron a María Eugenia, es una cosa apenas tibia”.

Esa noche, María Eugenia Barragán, Tomás Ojea y algunos amigos se reunieron en un lugar llamado El Club del Habano, donde tocaba Guillermo Roldán. No estaban satisfechos con las penas —habían solicitado 25 años; la sentencia no reconoció que se tratara de un delito de lesa humanidad e hizo hincapié más en los maltratos que en el hecho de la apropiación— pero habían vencido.

Enrique Berthier llevaba seis años en prisión preventiva y para el momento de la sentencia ya había cumplido dos tercios de la condena. En este momento se encuentra libre.

***

—Ahora los dos están muertos, él y ella. Mis apropiadores.

—¿Fallecieron mientras estaban detenidos?

—No. Ya estaban libres.

—¿Cuándo?

—Ella creo que hace tres, cuatro años.

—¿Y él?

—Por ahí.

—¿Cómo te enteraste?

—Porque uno de los primos, comillas, de la hermana, comillas, de mi apropiadora, esa mujer, Luisa, me contactó por Instagram y me dijo: “Murió Cristina”. Les pregunté a unos fiscales si podían confirmar ese dato. Me dijeron que sí, que habían muerto los dos, ella y mi apropiador.

—¿Te produjo algo?

—No. Que se hubieran muerto antes. Ya está.

La ciudad huele a tilos florecidos. Ella ya se acostumbró a ese aroma dulce y no lo percibe ni lo aprecia. Si al principio La Plata le parecía una ciudad asequible, ahora le resulta demasiado grande y agitada. Se levanta, toma su bolso donde sólo caben una llave, un poco de dinero, pañuelos de papel. No es extraño que quien pasó años habituada a huir del sitio en el que vivía con lo puesto no necesite demasiado para salir a la calle. Camina unos pasos, se detiene y, como si hubiera recordado algo no demasiado importante, dice:

—Del lado de mi familia materna, sé que cuando tuvieron la noticia de mi aparición en realidad estaban esperando la noticia de que había aparecido mi mamá. Otras familias han vivido una cosa así. Una vez que aparecés, se dan cuenta de que tu mamá definitivamente está muerta. Es una noticia buena, pero a la vez es mala.

Al comienzo de las charlas saluda con un beso rápido, pero la despedida es por goteo: un abrazo, un comentario, otro abrazo, una pregunta.

—Después te mando la ubicación de mi casa, así nos vemos ahí.

***

—Eugenia quería pedir el máximo de pena —dice Tomás Ojea—. Y dijimos: “Hagámoslo”. Se pidieron 25 años, que es el máximo de la pena por homicidio. Sabíamos que no se iba a dar, pero era una manera de enfatizar lo extraordinario de la gravedad del delito. Una apropiación con falsificación de identidad que duró 20 años en el marco de un plan sistemático. Sigue habiendo muy pocos juicios a los apropiadores. De todas maneras, es un derecho. Cada uno maneja como puede su emocionalidad frente al tema. Pero el rol de Abuelas debería ser que haya juicios y que los apropiadores tengan responsabilidad penal. Puede haber afecto, pero penalmente debe responderse. Tratar de hacer como que no pasó nada, no va. Después, si hay causas atenuantes, y pueden ser atenuantes casi del cien por ciento, bienvenido. Para eso hay atenuantes.

—María Eugenia siente que su tía, su hermano, su abuela, no la acompañaron en el juicio. ¿Tuviste esa sensación?

—Eugenia es difícil. También tuvo problemas con Abuelas, por todo lo que hablamos. Su abuela, su hermano, sus tías, gente por ahí no tan enganchada con la profundidad de lo que pasó… No es fácil establecer una conexión. Durante el juicio el hermano estuvo, fue a declarar, la abuela estuvo, declaró. No es que no estuvieron. Pero como que no pudo construir algo con ellos.

***

El departamento, que compró en 2006 con dinero de la indemnización, está en el segundo piso de un complejo de unidades separadas por una calle interna, cerca del centro de La Plata. Las persianas de la sala están bajas y de la ventana penden tiras anchas de papel burbuja a modo de cortinas.

—Son para que no entre el frío en invierno.

Hay una mesa, un mueble donde se guarda vajilla antigua, un sofá, el televisor. Faltan algunas baldosas. En un rincón hay latas de pintura. Un cable cuelga del techo, sin foco, y parte del yeso del cielorraso se ha caído por la humedad.

—Lo empecé a sacar para arreglarlo y es un lío, así que por ahora quedó así —dice, mientras camina por un pasillo que lleva hasta su estudio—. Pasá. Esta es la cueva del tesoro. Yo me encierro acá y me olvido de que todo se está cayendo.

El estudio tiene mucha luz natural, un escritorio grande, una computadora (ha tapado la cámara con una cinta), una biblioteca que ocupa dos paredes en la que hay títulos de Sebald, Han Kang, Piglia, María Negroni, Conrad, Kafka, clásicos, las fotos de sus padres.

—¿Dónde dormís?

—En la habitación de al lado.

—Ahí no hay cama.

—No, duermo en el piso, en una colchoneta. Tenía un colchón pero me hace doler la espalda. Tengo que dormir sobre algo duro.

Tiene aire acondicionado en el comedor, pero dejó de usarlo porque consume demasiada energía.

—Tengo un ventilador. Vivo sin excesos. Los únicos excesos son los octógonos negros de los productos con exceso de calorías.

Ni el yeso caído, ni el papel burbuja, ni las latas apiladas producen una sensación de precariedad sino, más bien, de austeridad y prescindencia.

—Cuando terminó el juicio quedé agotada. Llegué con el último esfuerzo. Quise cortar con Buenos Aires. No fui más. Me quise desvincular de todo lo anterior, y en eso sufrieron algunos amigos, a los que dejé de ver. Y quise hacer un viaje. Pensaba ir a Pompeya, Italia. Pero tenía que sacar el pasaporte, estaba el tema del idioma, todo muy estresante. Pensé en otro lugar remoto y apareció la isla de Pascua. No necesitaba pasaporte, hablaban en español. La gente va tres días. Hacés las excursiones, vas a la cena show, te comprás dos moáis de maderita y ya está. Yo me quería quedar 15 días, y la persona que me vendió el viaje me convenció y me quedé 10.

—¿Y qué hacías?

—Nada. Caminaba, leía libros sobre la isla que me compré allá. ¿Querés ver unas fotos?

Son varios álbumes de fotos impresas: foto de nena sonriente con vestido rosa; foto de nena sonriente con buzo y pantalón turquesa; foto de nena sin sonrisa con vestido a cuadros y zapatos de charol; foto de adolescente bronceada devorando un plato de comida junto a otra adolescente haciendo lo propio; foto de joven adulta con amigos en un restaurante; foto de mujer espléndida abrazada a joven italiano en plena aventura amorosa. Imágenes de una vida distinta, con restaurantes, con viajes, con amigos.

—Para mí, es mi vida. Comparándolo con los estándares, sé que puede parecer rara. Pero esta es mi normalidad dentro de lo raro.

***

—Ella tuvo mucha determinación —dice Guillermo Roldán—. Fue muy samurái. Lo que hizo no se había hecho nunca. No es familia, son apropiadores. Por más que te hayan tratado bárbaro, es apropiación. Pero no quisiera estar en esos zapatos. Su historia es un infierno. Ella no conoció el amor, todo fue piña y piña, y hacha y hacha. La tipa tiene una coraza así de gruesa. Pero está viva. No se pegó un tiro.

***

Semanas más tarde, el cielo es azul y lúdico y la sombra de los árboles cobija con frescura las mesas del exterior del bar de la plaza Malvinas. Ella está sentada en un banco de la plaza, con anteojos de sol redondos que enfatizan la suavidad elástica del rostro.

—No puedo creer la cantidad de años que pasaron —dice—. Hay cuestiones que pensé que nunca me iba a olvidar, pero ahora me preguntás y las tengo que ir a consultar porque me las olvidé. Me siento bien por haberme olvidado.

Durante meses ha contado toda suerte de cosas, pero pide que se mantenga cierta discreción sobre sus planes futuros que, a grandes rasgos, consisten en mudarse a una ciudad más chica.

—Lo tengo decidido, pero de las cosas más difíciles le echo la culpa a la gatita. Tiene unos 13 años. Empecé a arreglar la casa, y la voy rompiendo en vez de arreglarla, entonces digo: no, es un quilombo hacerlo con la gata, y no tengo plata. Voy a dejar todo como está hasta que se muera mi gatita. El día que se muera mi gatita, hago todo sin inconveniente. Mudarme con la gata le agrega un nivel de dificultad a todo. Es vieja, se va a morir a los dos días por el estrés. Entonces es como que todo lo hago depender de ella y digo: bueno, esto lo vamos a hacer después porque estoy esperando que se muera la gatita. Pero es contradictorio porque no quiero que se muera mi gata.

—Claro. Es tu roomate.

—Claro. Ella y el tender.

La conversación empieza con humor, con picardía, pero a partir de cierto momento la serenidad climática empieza a ser un marco inapropiado para lo que sucede.

—En mi adolescencia, mi situación no tenía nada que ver con la que estaban viviendo mis amigas. Es difícil transmitir la sensación de inseguridad, de inestabilidad permanente. Yo estaba en casa de mi apropiadora, pero no sabía si se le saltaba la cadena y al día siguiente iba a estar viviendo en casa de no sé quién. Cuando éramos chicas, con mis amigas compartíamos otras cosas y al crecer cada una fue por su camino. Por ejemplo, el día que se casó Mariana Sanguiliano yo había tenido una audiencia fundamental, porque estaba en cuestión el tema del ADN. Mis apropiadores y Berthier decían que el ADN era falso. Esa audiencia fue a las diez de la mañana. Así que viajé para la capital temprano, fui a la audiencia. La fiesta de Mariana era a las ocho de la tarde. Me quedé todo el día dando vueltas y a la noche fui a la fiesta. Todos estaban en plan baile y yo estaba en plan causa judicial. Entonces pasaban estas cosas…

Pausa. Segundos de silencio. La mano busca los pañuelos de papel en el bolso.

—Para mí… esa audiencia… era fundamental, y trataba de comentarlo pero… para ellas no era nada extraordinario. Y viceversa. Cosas que… por ahí para ellas habrán sido superimportantes, a mí me importaban tres pepinos. La maternidad, por ejemplo. Es un idioma que yo no hablo. Hablo otros idiomas, pero ese no. Ahora las dificultades más extremas ya pasaron. El tema es hacer algo que realmente quiera. Cuando terminó el juicio quise seguir Letras… Seguí dos años, pero después me di cuenta de que no, y quedó eso ahí… El departamento en el que estoy viviendo, en su momento me pareció práctico… Fueron cosas que… elegí y que me pareció que estaban bien… Y después terminó toda esa etapa y… como que quedé ahí. Y ahora no es lo que más me gusta estar acá, en ese departamento.

—¿Sabés qué querés hacer?

—Sí. Quiero estar cerca de la gente que quiero.

—¿Tus amigos?

—Sí. Estoy pendiente de dar el paso para hacerlo. Todos estos años desde que renuncié a aquel trabajo estuve viviendo con el dinero de las indemnizaciones, y pensando: cuando termine el juicio me pongo las pilas para conseguir trabajo. Y cuando terminó el juicio surgió la posibilidad de la pensión y dije: ¿para qué me voy a esforzar en buscar un trabajo que por ahí no me gusta? Y siento que me fui quedando. Pasaron todos estos años en ese plan de no hacer nada y ahora es difícil volver a tomar… impulso. Es mejor conocer que no conocer, pero es difícil. A mí sí me da satisfacción saber qué personas de mierda me rodearon, esa letrina de la humanidad de Berthier y mis apropiadores interviniendo en mi vida. Pero no son historias con final feliz. Que yo me lleve mal con mi hermano no importa. El problema es que me separaron de mi hermano. Vivimos historias distintas, no porque lo hayan querido nuestros padres, sino porque alguien vino y mató a la madre que teníamos en común. Más allá de la angustia que me cause, de si me llevo bien o mal con mi familia, es un paso positivo. Pero mis padres de todas maneras están desaparecidos. ¿Dónde están? Sigue siendo una pregunta.

La tarde se apaga como una flor que se cierra. En un par de horas estará de nuevo en su casa investigando las raíces de una familia con la que no tiene contacto.

—El jueves voy a la capital. A lo mejor nos podemos ver.

La capital. Esa ciudad que abandonó para siempre, como tantas otras cosas.

***

Pocos días después, llega agitada a la esquina de Callao y Corrientes, en el centro de Buenos Aires.

—Perdoná la demora. Es que la visita terminó tarde.

Es jueves 16 de enero. La ciudad le recuerda los años malos, viene poco, pero está aquí porque hizo una visita guiada a la Manzana de las Luces, una serie de edificios históricos cerca del casco viejo.

—Iba a tomar el subte, pero es muy caro, así que empecé a caminar.

—¿Vamos a tomar algo ahí enfrente?

No tiene más equipamiento que un bolso chico en el que lleva un libro de Byung-Chul Han, La crisis de la narración, que compró por el título —“Yo también creo que la narración está en crisis”— pero que la irrita porque, dice, el autor no argumenta lo que sostiene: “Escribe: ‘la narración es tal cosa’. Y no, explicame por qué. Para mí la narración es otra cosa, no tengo que aceptar lo que digas”.

—¿Qué tal la visita guiada?

—Fue una visita mental —dice llevándose los dedos a las sienes—. No hay objetos, entonces te van contando: “Acá estaban los jesuitas”, y te tenés que ir imaginando todo.

La conversación deriva hacia las series televisivas, hacia las películas de John Wick.

—La última la fui a ver al cine. Es un criminal que quiere dejar su vida de criminal y por supuesto no puede, porque el pasado llama. Pero la película va subiendo el piso de violencia, de tiros, y ahora ya no tiene ningún sentido. Es sólo ir a ver la presencia de él, identificarte con reventar a todo el mundo. Si te gusta la venganza, esta es la película para vos.

—¿Te gusta la venganza?

—Sí. En el cine.

—Volví a hablar con tu hermano. Me dijo algo que me habías comentado, que tu padre le pegaba.

—¿Sigue con esa teoría?

—Casi no podía hablar cuando lo contaba.

—¿Querés saber mi opinión? No quiero minimizarlo, pero creo que mi hermano está confundido, estuvo confundido toda la vida. Cuando lo conocí, una de las primeras cosas que me dijo fue que tenía un mal recuerdo de mi papá. Que lo castigaba, que era el demonio. A mí me impactó un montón. Obviamente lo escucho, le creo, pero son los recuerdos de un chico de tres años que después del secuestro de su mamá estuvo un mes en una comisaría donde nadie sabe qué pasó, qué le hizo ese comisario. Eso es lo que no se cuestiona y no puedo creer que un tipo de 50 años siga pensando que la pareja de la mamá lo torturaba, que es el relato más inverosímil del planeta.

—¿Por qué inverosímil?

—No digo que mi papá no le haya gritado, pero si a todo eso le sumamos que su propio padre le negó a la madre durante 14 años, que le dijo que la mamá lo había abandonado, que le prohibió a las tías que hablaran de la madre, no sé de qué papá malo está hablando.

—¿Vos creés que son recuerdos de la comisaría y los asocia con tu padre?

—Claro. Pero me llama la atención que no se lo cuestione. El despacho de Tomás Ojea está en un edificio de acá a la vuelta. ¿Querés verlo?

Afuera la ciudad despliega su alarido de gente, bullicio, autos.

—Ya me desacostumbré a este amontonamiento.

Camina hasta la esquina, dobla y, unos metros más adelante, se detiene ante un edificio antiguo con puertas de vidrio y hierro forjado.

—Es acá. Debo haber venido quinientas veces.

Enfrente hay un café, al lado una farmacia con luces mortecinas. Es una zona como muchas otras, sin nada relevante, salvo por el hecho de que en este edificio empezó su vida. Su vida después.

—A veces me parece que todo eso pasó ayer. Ahora me doy cuenta de que pasó un montón de tiempo.

Dieciocho años. Pero no hay final.

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